Ambrosio de Milán.

Las prohibiciones eclesiásticas no impidieron que Ambrosio, apenas un catecúmeno, fuera electo, ordenado en los diversos grados eclesiásticos -en solo 8 días- y consagrado obispo de Milán en el 373, a las edad de 34 años; esta meteórica carrera eclesiástica no desdice de su cristianismo, pues provenía de una familia aristocrática, pero profundamente cristiana (su hermana Marcelina había sido recibida como monja en el 353). Pasó así de gobernador (consularis) a obispo.
Si a Dámaso se debió la institucionalización eclesiástica romana y muy importantes definiciones dogmáticas, Ambrosio fue la fuente de la espiritualidad romana: liturgia congregacional, música (canto ambrosiano), ascetismo, culto de las reliquias, vida conventual; extirpación del arrianismo y del paganismo.
Fue también un prelado habilísimo en cuestiones políticas y el iniciador de una Realpolitik de primacía de la Iglesia sobre el Estado, caracterí stica de la Edad Media occidental. Su gran capacidad política, muy superior a la del Papa, se debió a la influencia personal sobre el emperador Graciano, quien en el 379 visitó Milán y cayó bajo su embeleso, pidiéndole que lo catequizara. El sucesor de Graciano, Teodosio, fue un emperador cristiano, pero muy inestable como jerarca; en el 390, en Tesalónica, masacra a 7 mil cristianos; Ambrosio logró que un concilio lo excomulgara y así creó el moderno Estado de derecho, al mantener, contra todo riesgo, que el orden moral es supremo y que el jerarca está sujeto a él (Teodosio en la Navidad del 390 hizo pública penitencia y es readmitido a la comunión de la fe). Este orden de cosas caracterizará a la Iglesia occidental, pues en la oriental se desarrollarán las relaciones con el Estado en otra manera, mediante una sumisión total de la Iglesia al poder político, con continuas exhortaciones, eso sí, en que se recordaba al emperador su condición de "hombre mortal", sujeto al juicio de Dios, pero sin afirmar independientemente los derechos de la Iglesia, contrariamente a la política de Ambrosio de Milán (que culminaría en el 1077 en Canossa, con la postración de Enrique IV ante el Papa Gregorio VII): la de nunca permitir que los derechos de la Iglesia fueran pisoteados por el poder político.