COMIENZOS DEL CRISTIANISMO.

Para aquellos lectores que prefieren la conclusión al inicio, debo resumir diciendo que, del 50 al 250, el cristianismo logra consolidarse y convertir se en en una religión respetable, aceptable en principio para el mundo pagano, -en lugar de una superstición propia de esclavos, ignorante s y crédulos-, gracias su permanencia secular, a la creación de una burocracia eclesiástica (el obispo monarca) y de una dogmática precisa, racionalmente respaldada. Pero todavía, a aquellas alturas, no había logrado un predominio sobre la sociedad: ni su ética, ni su filosofía regían el mundo pagano.
No pretendo hacer una teología del cristianismo, ni de su fundador y seguidores, sino analizar cómo llegó a ser una religión relevante para grupos importantes de la población. Qué consecuencias tuvo sobre el comportamiento social y la vida, en general, de las comunidades en que se dió el fenómeno cristiano en las diversas épocas; pero tratándose de una religión no es posible dejar de lado cuestiones teológicas: la visión de Dios y del hombre peculiares de la religión cristiana, es asunto insoslayable.
Es característica del cristianismo ser una religión histórica, con lo que quiero decir, quizás impropiamente, que supone que determinados hechos hayan acaecido efectivamente: la vida de Jesús, su predicación, su muerte expiatoria y, sobre todo, su resurrección y que hayan sucedido en una época y lugar determinados; no es el cristianismo, como otras religiones, sólo una concepción de la divinidad y de nuestra relación con ella, sino un acaecimiento concreto: si Mahoma, Buda o Moisés no hubieran existido, ningún perjuicio se seguiría para sus religiones, pero si Cristo no fuera un ser histórico, el Cristianismo dejaría de ser lo que es, pues la realidad de Jesús es la esencia misma del cristianismo.
No vale la pena profundizar en la acogida que el cristianismo tuvo en su cuna, en Israel, pues, por la sabiduría propia de quien contempla los acontecimientos desde el futuro ("hindsight"), sabemos que, socialmente, esto carecería de importancia, ya que el judaísmo, en el 70, cuando los romanos aniquilaron la nación y el templo de Israel, dejó de ser una religión nacional y, desde el punto de vista cristiano, el Antiguo Testamento, la Ley, perdió su razón de ser, su validez, y comenzó el imperio de una nueva alianza, un Nuevo Testamento, (en griego alianza, convenio, pacto y testamento se significan con la misma palabra).
En cuanto a la religión pagana, por lo menos entre las clases cultas, era, en tiempos de Jesús, fundamentalmente monoteísta, a pesar de sus dioses, entendidas como divinidades secundarias, muchas de ellas héroes o jerarcas divinizados. Pero esta divinización nunca era la propia de Dios, concebido por el paganismo como un motor inmóvil, trascendente, separado del mundo, que podía ser adorado sólo en espíritu. El mundo era gobernado por fuerzas naturales: sobre el acaecer concreto los dioses tenían injerencia, por lo que cabía conjurarlos ritualmente, mediante la religión, que era más una tecnología y una costumbre social, que una verdad revelada. Un ligamen de los hombres, un socar amarras (re-ligatio), un culto ciudadano, más que la contemplación de la divinidad. Lo que hoy llamamos religión, ellos lo llamaron filosofía y su religión eran más bien actos de culto, para propiciar las fuerzas naturales y lograr la prosperidad pública y privada.
No sabemos cómo era vivida, ni cómo era concebida, esta religión por la población. Igual ignorancia tendremos al estudiar la religión cristiana, pues de los hechos históricos de la antigüedad, disponemos de escasas evidencias, sobre todo si se trata de escudriñar la vida cotidiana de la población. Consecuentemente nos basamos, y ciertamente habremos de equivocarnos a fondo, sobre unas pocas fuentes cultas, supervivencias literarias escasísimas, todavía más escasas en el caso de los cristianos, pues escribieron sobre papiro, material de corta vida y que obliga a continuas transcripciones en que, para los textos sobrevivientes, se incurren en errores de copiado y en añadiduras que cambian el sentido; muchos de los escritos paganos desaparecieron, y todavía peor les fué a los de los cristianos heterodoxos, cuando la religión cristiana se oficializó (en el siglo IV) y se dedicó, con ahínco digno de mejor causa, a quemar los escritos contestatarios.
La iglesia cristiana judía, por su parte, como secta judía, hierosolimitana, estuvo ligada al Templo y a los sacrificios animales que en él se llevaban a cabo, de lo que se separó gracias a la influencia de la diáspora judía, cuya interpretación de la Ley no era nacionalista y ritual y que, -lo más importante para la difusión del cristianismo-, poseía un espíritu proselitista, apóstoles de una religión ecuménica, en lugar del provincialismo israelita.
Al inicio de la era cristiana, la diáspora era numerosa, con unos cuatro y medio millones de judíos repartidos por el mundo mediterráneo (los judíos en Israel serían, a lo sumo, un millón): en Egipto, por ejemplo, uno de cada siete habitantes era judío. Estas comunidades gozaban de prestigio y de libertad religiosa, y es en ellas donde prenderá, inicialmente, el evangelio, por obra, en primer lugar, de Pablo.
Pablo es la fuente histórica más cercana a Jesús de que disponemos, pues sus epístolas, -excluidas las pastorales y la Epístola a los Hebreos-, son auténticas, están libres de interpolaciones y presentan el testimonio de alguien que, aunque no tuvo contacto directo con Jesús, pues se convirtió al cristianismo en el año 38, apenas escasos 5 años después de la muerte del Maestro, pero posee un conocimiento de la vida y hechos del Ungido y de las comunidades cristianas primitivas de primera mano; podemos considerar su testimonio como una fuente histórica primaria, lo que no sucede con los demás escritos del Nuevo Testamento, que son del año 60 al 80 los más antiguos, tienen forma menos testimonial, por ser más bien manuales de predicación y memorias, hasta cierto punto estereotipadas, de la vida del Señor, las que, además, no conocemos en su redacción original, sino en una segunda o quizás tercera edición.
Las fuentes no paulinas tienen otras debilidades, pues han sido escritas por gente poco letrada, -en tanto que Pablo lo era, y mucho-, cuya escasa cultura quizás les impidiera ser receptores adecuados del mensaje cristiano, nada simple; debieron, entonces, recurrir a una anecdótica, a una relación de hechos y circunstancias, resultando una religión basada en la repetición de diálogos, algunos probablemente inventados con gran libertad, donde la conceptualización y la reflexión religiosa faltan; son, pues, los documentos de una religión seminal, no una explicación ni una reflexión sobre el mensaje cristiano. A Pablo nada de esto se le puede objetar, pues él se ha propuesto lo contrario, con capacidad y rigurosamente, a saber, estructurar una religión en que el creyente se libere del formalismo de la Ley, es decir de Israel y del Templo, una religión abierta a todos los hombres, ecuménica en lugar de provincial, cuyo mensaje fundamental es la victoria de Jesús sobre la muerte, su resurrección, respaldo de su misión redentora del pecado del hombre, para purificar lo por la fe de la sujeción a normas exteriores, para lograr una vida en el espíritu, libre de las ataduras a la letra de la Ley, que lo mata.
No es claro si para Pablo el Cristo era Dios, en el sentido con que lo divinizará la Iglesia en el siglo tercero, pues si lo creyera consubstancial con Dios, se hace difícil entender por qué afirmaría: "constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro" (Romanos,I,4), pero sí es evidente que lo concibió como un mediador universal, indispensable, enviado y ungido por Dios para ese propósito redentor (cfr., Grant, p. 102 y capítulo sexto).
Pablo nació en una familia judía conservadora, del norte del lago de Genesaret, fariseos desde sus bisabuelos, culto, sabedor de varias lenguas: hebreo, arameo, griego (koiné) de la Septuaginta. Ciudadano romano, pero pilar de su congregación judía en Tarso, la Atenas del Asia Menor, ciudad universitaria y centro comercial importante, en que se practicaban cultos de toda clase, un punto focal de sincretismo religioso. Es el primer cristiano que repudia la Ley,... ¡ni Cristo había llegado a tanto! A Pablo debemos también la traducción del mensaje cristiano a conceptos helenistas, con lo que amplía el sentido mesiánico, típicamente judaico, del cristianismo palestino y lo transforma en un mensaje de salvación universal; se desentiende de las circunstancias de la crucifixión y la presenta como un acto de significación cósmica en que actúa la misma divinidad, Cristo, de hecho histórico, que es el mensaje de la iglesia cristiana hierosolimitana, se convierte en un salvador universal; la divinización de Cristo se destaca en el mensaje paulino, aunque, repito, es dudoso que lo creyera idéntico con Dios, como en la posterior elaboración de la religión cristiana.
Los conceptos que en la predicación de Jesús estuvieron implícitos y ocultos son explicitados y desarrollados por la teología paulina, para lo cual los helenizó, y al hacerlo logró poner el monoteísmo radical de los judíos al alcance del mundo mediterráneo; aunque el pagano educado era monoteísta por sus estudios filosóficos, no lo eran las multitudes, a las que la religión cristiana convirtió al monoteísmo de la religión judaica, comprensible para ellos gracias a su vestidura paulina.
En Pablo el mensaje cristiano no era judío, por lo que los cristianos judaizantes gozaron de mayor apoyo en las comunidades judías de la diáspora, a pesar de su helenización, que existía, pero no tan radical como en Pablo; los otros apóstoles tenían mejores credenciales que Pablo y como consecuencia su mensaje fue perdiendo terreno en las comunidades cristianas, situación que cambió cuando en las iglesias cristianas comenzaron a predominar los gentiles conversos: entonces fue la concepción paulina la que prevaleció, ayudada, como ya dije, por un accidente histórico (la destrucción del Templo y de Israel en el año 70). La Ley y los profetas quedaron abolidos por el estado romano, y el Dios de Israel, sin templo ni territorio, pasó a ser un Dios universal, tanto para judíos como para cristianos. La Ley perdió agarre, desarraigada de su habitat natural, en el que se nutría y tenía sentido, el cristianismo se desvinculó totalmente del judaísmo y se convirtió en una religión autónoma, en la cual no habrá un Mesías hebraico, sino un Salvador universal; perdió así toda connotación nacional o de pueblo elegido, diferenciándose radicalmente del judaísmo.
Estas son especulaciones, sin más evidencia para sostenerlas, que la lectura de unas epístolas y unos evangelios; aparte eso tenemos poco, pues casi todo lo que conocemos de la Iglesia primitiva proviene de escritos del siglo cuarto, de Eusebio, obispo de Cesárea (Palestina). Por sus escritos Eusebio se revela como un historiador consciente, veraz y con acceso a fuentes hoy perdidas,... pero no imparcial. Como jerarca eclesiástico estaba interesado en mostrar que existió una iglesia cristiana, establecida por el mismo Jesús desde el inicio, investida con autoridad divina y con la plenitud de la doctrina; que los obispos eran descendientes de los apóstoles, y que de fuente tan alta les provenía la autoridad. Eusebio se proponía fortalecer el obispado monárquico, que en su tiempo acababa de lograr el reconocimiento y la alianza del Imperio: su historia es la apología de una ininterrumpida sucesión apostólica, y una fe cristiana inmaculada que sobrevive todos los embates de la herejía. Visión parcializada que, barruntamos, no corresponde, plena y convincentemente, a la realidad histórica; de más no disponemos.