DEL 50 AL 250.

La primera etapa de la historia de la cristiandad, como fenómeno diverso de la predicación de Jesús, podemos fijarla desde la predicación de Pablo, alrededor del año 45, hasta el 250, en que la Iglesia se estructura alrededor del obispado monárquico. En este lapso se establece la diferencia entre apóstol, un obispo itinerante y sin diócesis, y obispo, un sucesor apostólico instalado, "insediado", en su diócesis; asimismo en este lapso desaparecen los caudillos carismáticos, sustituidos por una clerecía o burocracia eclesiástica, cuyos poderes se consolidan gracias a la doctrina de la penitencia (absolución de los pecados), la constitución monárquica de la Iglesia y el primado de Pedro; se establecen los libros canónicos, es decir los revelados, con lo cual también, para eliminar los carismas, se cierra la Revelación, la religión deja de ser un ligamen individual y espontáneo con la divinidad, (la libertad paulina), y se convierte en una fe a la que uno debe adherirse y confesarla, lo que se materializa en los credos (símbolos de la fe que el fiel debe profesar para recibir el bautismo), que se componen en este lapso.
La Iglesia llegará a ser un monolito, persecutora de herejes; una institución cuya función es salvar al pecador, y no una asamblea de santos que esperan la venida de Cristo, la parusía, la cual ya no es esperada, como algo que sucederá en la vida de los cristianos, sino que se transforma en una promesa futura: mientras tanto deberá vivirse la vida como hombres, en el pecado, lo que hará una gran diferencia.
A mediados del siglo III esta iglesia ya era una comunidad internacional con creencias uniformes y con un desarrollo sorprendente: por una carta del Obispo de Roma Cornelio I, dirigida a Fabio Obispo de Antioquía, del año 251, nos enteramos de que "(en Roma) hay 46 presbíteros, 7 diáconos, 7 subdiáconos, 42 acólitos, 52 entre exorcistas, lectores y ostiarios, y entre viudas y pobres más de 1.500" (Denzinger, 45, p. 19), viudas y pobres que eran mantenidos por la diócesis, pues, seguidores de la moralidad judaica, los cristianos se distinguieron desde el principio por su caridad con los pobres y los enfermos, algo que admiraba a los paganos.
Veamos cómo llegó a tanto la iglesia cristiana.
La comunidad original, la iglesia de Jerusalén, cayó en el nepotismo, correspondiendo la autoridad religiosa a los parientes de Jesús: cuanto más cercana la parentela, mayor la autoridad; la Iglesia corría hacia el califato, como sería el destino, seis centurias después, del Islam: pero los romanos, al destruir Templo y nación judía, lo impidieron.
Por otra parte está Pablo, independiente y con su propia visión del cristianismo. La cristología paulina, que llegaría a ser la ortodoxia cristiana, se origina en la diáspora y fué predicada por un advenedizo que muchos, en la iglesia de Jerusalén, no reconocían como apóstol, pudo serlo porque desde sus inicios la iglesia cristiana estuvo profundamente dividida, tanto en cuestiones de fe como de moral y admitió caudillos carismáticos, quienes, conforme desarrollaron su acción misionera, alejados de Jerusalén, más divergieron, sin que hubiera manera alguna de disciplinarlos: Pablo no pudo ser controlado, y los "pilares" de la iglesia de Jerusalén no pudieron mantener su autoridad ni siquiera en la ciudad santa, donde volvieron al judaísmo.
Gracias a Pablo, la iglesia logró una teología orgánica, coherente, pero ninguna burocracia que la respaldara, pues Pablo nunca creyó en la organización eclesiástica: no existían órganos disciplinarios, ni diferenciación entre laicos y clérigos (en las iglesias judeo-cristianas hubo presbíteros, pero no en las paulinas), ni oficios para administrar fondos eclesiásticos, etc., etc. Estas congregaciones, deben haber sido centros en que la visión religiosa varió grandemente, máxime dada la complejidad del mensaje cristiano, y por ello podemos conjeturar que la tónica en las comunidades cristianas, hasta que en el siglo III se logró la consolidación de la disciplina eclesiástica, sería la heterodoxia, cualquiera fuera la ortodoxia, situación contraria a la que Eusebio de Cesárea pretende hacernos creer.
Es plausible que, si dispusiéramos de fuentes y evidencias suficientes, comprobaríamos que en el 50-100 la ortodoxia cristiana estaría posiblemente limitada a la fe en la resurrección de Cristo, en lo dogmático, en lo ritual a la práctica de la eucaristíca, instituida por Jesús, y al bautismo, al que Él se había sometido; y en la moral a la propia del judaísmo, con su gran énfasis en las obras de caridad y auxilio a los menesterosos.
Desde las primeras décadas del siglo primero, comenzaron a proliferar tanto textos sagrados como doctrinas, sin que pudiera saberse cuáles eran ortodoxos y cuáles no. Esta multiplicidad será característica de la cristiandad en toda su historia, y la ortodoxia escogerá, dialécticamente, las doctrinas que asimilará. La herejía es así, hasta cierto punto, indispensable para la consolidación de la ortodoxia y por ello el magisterio de la iglesia es más de anatemas que de símbolos de la fe.
Una de las primeras herejías será la de los gnósticos, movimiento religioso parasitario que se inserta en las religiones como un conocimiento, una gnosis, de elegidos, mediante doctrinas esotéricas sólo para la élite: profesa que lo material es producto del dios-mal y lo espiritual del dios-bien, en una concepción dualista de la creación. El gnosticismo, aunque muy influyente en los comienzos, no será importante en el desarrollo posterior de la cristiandad y prácticamente nada ha sobrevivido de él hasta nuestros días, excepto las creencias teosóficas.
A inicios del siglo II el gnóstico Marción inicia la depuración de los libros sagrados; Marción fue seguidor de Pablo en su concepción del cristianismo como una religión optimista, dictada por el Dios-bien que ha abrogado la letra que mata, el Antiguo Testamento, para que impere el Nuevo Testamento de la libertad: así ha caducado el Antiguo Testamento, obra del demiurgo, del Dios de la Justicia (Dios de sangre lo llama Marción), que es Yaveh, y no del Dios auténtico, que es el del amor, autor de la Nueva Alianza. Este Dios-mal antiguo produjo los libros de la Antigua Alianza, ninguno de los cuales debe aceptar el cristiano, como tampoco aquellos que en tiempo de Marción eran considerados como libros de la Nueva Alianza, pero que estaban contaminados por las enseñanzas de Yaveh.
Mediante métodos históricos y críticos similares a los empleados hoy para el análisis de las Escrituras, fijó lo auténtico y lo inaceptable en el Nuevo Testamento, que dejó reducido sólo a los testimonios, expurgados, de la teología paulina: 7 epístolas de Pablo, el evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles. Sus conclusiones no son lo importante, sino que, en reacción a su crítica escriturística, se fijarán los libros canónicos (Concilio de Roma, del año 382), acto con el que la Revelación quedará concluida y los carismas, de entonces en adelante sospechosos, adquirirán otro significado.
La posición de Marción, en lo relativo a la bondad de la naturaleza humana y la consecuente libertad de los hijos de Dios, será contestada por el cartaginés Tertuliano (160-220), martillo de herejes y primer teólogo que escribe en latín (hasta entonces el griego era el idioma de la religión cristiana), quien presenta otra visión cristiana, donde la iglesia no es una congregación de santos, sino un reformatorio de pecadores, siendo insuficiente la alegre y libre entrega al Señor, sino que son indispensables castigos infernales para corregir la naturaleza extraviada de la humanidad: el hombre está esencialmente corrompido, existe un infierno para los que no siguen el mensaje cristiano, que es uno de santidad, para unos pocos, quienes han de vivir separados del mundo, incontaminados, sin aceptar nada de él y no deben ser soldados, ni desempeñar funciones públicas, ni enviar sus hijos a las escuelas paganas, ni realizar trabajos que tengan que ver con la religión pagana. Refuta también Tertuliano a otro hereje, Montano, que admite en plano de igualdad a las mujeres en las dignidades eclesiásticas, incluso como obispos, crítica que tuvo tanta acogida que determinará la "política antifeminista" de la cristiandad, por la que, desde entonces, se excluye a las mujeres de la clerecía. Tertuliano acabaría como montanista, y aunque es el mayor de los apologistas cristianos de la época, es considerado hereje por la Iglesia, lo que pone de manifiesto la indisciplinada variedad de la iglesia cristiana en el siglo II; al pasarse al montanismo abandonó su antifeminismo. Escribió tan bien, que su capacidad literaria lo salvó, y, a pesar de considerarlo hereje, continuó siendo citado por la Iglesia como apologista suyo.
Podemos decir, -traduzco libremente-, que
"Antes de la última mitad del tercer siglo es inexacto hablar de una doctrina cristiana imperante. Hasta donde podemos juzgar, hacia el final del primer siglo y virtualmente durante el segundo, la mayor parte de los cristianos creían en variaciones de cristianismo-gnóstico, o pertenecían a sectas de renacidos ("revivalists") agrupadas alrededor de carismáticos" (Johnson, p. 52).
Cada iglesia había sido fundada por un apóstol y lo importante, inicialmente, aparte la fe en la resurrección, fué la genealogía, tomando la iglesia sus criterios de validación de los gnósticos: remontarse hasta el maestro de cuya fuente tomaban sus enseñanzas; Eusebio de Cesárea (263-339), como apunté más arriba, pretenderá que la legitimación de las diversas iglesias y de sus cabezas, los obispos, igualmente estaría dada por la sucesión apostólica, es decir por haber profesado ininterrumpidamente la fe ortodoxa, además de ser legítimo heredero de un cargo recibido originalmente de un Apóstol o de un obispo en comunión con una sede apostólica. La crítica contemporánea, al estudiar los linajes de la ortodoxia eusebiana, los encuentra contaminados de heterodoxia, en las iglesias de Siria, Egipto, Antioquía, Tesalónica, Asia Menor y Creta, por lo que su legitimación fué una racionalización, un pasar por codicilo lo que no cabía por testamento, una cohonestacción de las iglesias aceptables en su momento, pero no una comprobación histórica, de la ininterrumpida adhesión de ellas a la fe ortodoxa.
El fenómeno nuevo, del que Eusebio es síntoma, consiste en que entre las iglesias cristianas había comenzado, ya desde fines del siglo II, un proceso de uniformidad y la emergencia de una ortodoxia, pues gracias a que ella existía es que Eusebio puede llevar a cabo su labor en el siglo IV. Esta ortodoxia alcanzará perfil preciso a princios del siglo III en Oriente y más adelante, en la misma centuria, en Occidente; la constituyen el canon de los libros sagrados, la doctrina sobre la fe y la moral, la potestad de perdonar los pecados cometidos después del bautismo, el establecimiento de una organización eclesiástica permanente, con una clerecía especializada en la función religiosa y la intercomunión de las iglesias.
De haber continuado la proliferación de textos sagrados, jamás habría podido establecerse una ortodoxia y por eso dije antes que durante el primer siglo todos los cristianos eran heterodoxos, pues la ortodoxia no existía. Marción puso orden en esto, sólo que demasiado, y si se hubiera aceptado su opinión, habría reducido la cristiandad a la secta paulina, lanzando por la borda las tradiciones judaica y apostólica. Le corresponderá a Orígenes sentar las bases para declarar el canon de los libros sagrados, proclama con la cual se cerrará la Revelación y los clérigos y teólogos verán limitada su labor al análisis de una experiencia determinada, riquísima pero finita, evitándose una situación enteramente fluida, una perenne aparición de opiniones nuevas. Desde entonces, para opinar de religión habrá que hacerlo científicamente, lo que será posible sólo para la élite y la cristiandad, aunque mantendrá su exoterismo, es decir poseer sólo una doctrina al alcance de todos, en la práctica será esotérica, es decir una religión conocida sólo por la élite, los iniciados, la clerecía.
Orígenes de Alejandría (185-264), hijo de un mártir, se consagra desde el 203 enteramente a la religión cristiana, que vive en forma extremadamente rigurosa y ascética, llega incluso a castrarse, según la tradición: él será el gran expurgador de textos cristianos y judíos, como lo atestigua su Hexapla, sinópsis de los textos hebreos y griegos del Antiguo Testamento. El es el creador de lo que podríamos llamar la teología bíblica, una ciencia que analiza cada pasaje escriturístico para hallar todos sus significados. Más todavía, es el primer pensador que fundamenta una cosmovisión cristiana del universo y la sociedad; a partir de Orígenes el cristianismo es una visión del universo y la Iglesia elaborará su propia filosofía y cosmovisión, independientemente. Orígenes fue un escritor riquísimo y por sus obras, su ciencia y su ejemplo, el antecesor de la filosofía medioeval occidental, del enciclopedismo cristiano de la alta edad media (por ejemplo, Isidoro de Sevilla, 560-636) y de las sumas teológicas escolásticas.
Es el fundador de la crítica escriturística y la que efectuó fué imparcial, no como la de Marción; la Iglesia pudo, gracias a ella, expurgar los textos sagrados, separando el grano de la cizaña, pero evitando extremismos, con una política de centro, por así decir, que será la que determine el contenido de la ortodoxia. Formalmente el Concilio Romano (382) determinará el canon de la Sagrada Escritura que, en lo que hace al Nuevo Testamento, incluye los siguientes libros: Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan; 14 epístolas de Pablo: Romanos, 2 a los Corintios, Efesios, 2 a los Tesaloniences, Gálatas, Filipenses, Colosenses, 2 a Timoteo, Tito, Filemón, Hebreos; el Apocalípsis de Juan; los Hechos de los Apóstoles; 2 epístolas de Pedro, una epístola de Santiago, una epístola de Juan Apóstol, 2 epístolas de otro Juan y una epístola de Judas (Denzinger, 84, p. 30).
Orígenes teorizó también sobre la organización eclesiástica, pero el teórico de ella será Cipriano (la clerecía no apareció porque alguien hubiera tenido el designio de crearla, sino espontáneamente, por necesidad sociológica): en las comunidades paulinas, arrobadas por la inminente parusía, no había necesidad ni de organización, ni de la Ley, sino sólo la libertad de la buena nueva del Señor resucitado. Pero conforme la parusía, por decirlo de alguna manera, pasó de moda, cuando pasó la luna de miel cristiana, la cristiandad debió enfrentar las necesidades de vivir en el tiempo, en un tiempo que ya no era terminal ni caduco, y así, como comunidad que era, hubo de constituir pastores y guías, una organización eclesiástica y una clerecía, la cual sería posterior mente "pensada", convirtiéndola en una conceptualización teórica.
La legitimación de la autoridad eclesiástica vino de la sucesión apostólica: que el puesto fuera heredado, aguas arriba, desde un Apóstol que hubiera nombrado al primer obispo de la sede. Los obispos, originalmente tuvieron sólo funciones espirituales, pero evolucionaron hasta llegar a ser el monarca de su iglesia. La iglesia madre, por estar fundada por todo el colegio apostólico, fue Jerusalén, presidida primero por Pedro y desde que él abandonó la ciudad, por el hermano de Jesús, Santiago (Jacobo); Roma, Alejandríca y Antioquía, fueron obispados con jurisdicción extradiocesana (patriarcados) por ser iglesias fundadas directamente por algún apóstol; Roma desde el siglo II ejerce alguna autoridad sobre Asia Menor y en el 256 el Papa Esteban, alegando la sucesión petrina y la preeminencia apostólica de Pedro, pretende una autoridad suprema para el Obispo de Roma; el Concilio de Sárdica (343-4) le reconocerá una instancia superior, pero no exclusiva, para conflictos entre obispos.
El teorizador de la organización eclesiástica de obispos monarcas, será Cipriano (200-258), natural y obispo de Cartago, que padeció martirio bajo la persecución de Valeriano. De profesión jurista, la ejerció hasta el 246, cuando se convirtió al cristianismo y se entregó enteramente a la vida religiosa; dos años después fué electo obispo. A los dos meses de su elección comenzó la persecución de Decio; Cipriano abandonó a su grey y huyó: muchos cristianos apostataron en esta persecución, con diverso grado de apostasía, unos obtuvieron el certificado de que sacrificaban a los dioses (libellatici, fueron llamados) y otros realmente sacrificaron a los dioses (sacrificati). Cuando cesó la persecución, los confesores, es decir, los cristianos que se mantuvieron firmes en la fe, readmitieron a los apóstatas en la comunidad cristiana, lo que desató una polémica sobre las condiciones en que deberían admitirse. Cipriano regresa a su iglesia en el 250 y en el 251 el Concilio (secuménico o diocesano) de Cartago le devuelve el obispado. Dicho Concilio determina que a los libellatici se les puede readmitir después de un largo período de penitencia, pero a los sacrificati sólo en el lecho de muerte.
Este es un momento estelar de la cristiandad, porque se acepta que los clérigos pueden perdonar los pecados cometidos después del bautismo, futura fuente primordial de poder eclesiástico, la cual, sin embargo, no será universalmente aceptada, como nos muestran dos ejemplos, uno el del poderoso apologista cristiano, Tertuliano, que se separa de la ortodoxia precisamente porque no acepta esta pretensión de que los clérigos puedan perdonar los pecados, y lo mismo el emperador Constantino quien deja su bautismo para el momento de la muerte, como tantos hacían en los primeros siglos de la cristiandad, pues creían que sólo el bautismo perdonaba los pecados cometidos.
Cipriano también afirma que, para decirlo con frase de Agustín de Hipona, fuera de la Iglesia no hay salvación: todo en la Iglesia, y en ésta nada sin el obispo, monarca absoluto de cada comunidad; pero siendo la iglesia ecuménica, católica, una y universal, debe existir un vínculo entre las iglesias, una comunión. Diseña así una jerarquización total de la vida eclesiástica, con el obispo a la cabeza, donde todas las reglas de la conducta y visión religiosa son determinadas por la iglesia: "No puede tener a Dios por Padre, quien no tenga a la Iglesia por Madre" dice en su obra De la Unidad de la Iglesia Católica; esta iglesia está compuesta por la asamblea de los obispos, por el concilio, cada uno con igual y plena inspiración del Espíritu Santo, ningún obispo superior a otro, ninguno obispo de obispos; finalmente, el fiel no podía salvarse directamente, sino sólo a través de la iglesia, lo que lo sujetaba totalmente a la clerecía: el peor de los pecados era la rebelión contra las autoridades eclesiásticas. Al laicado se le debía permitir asistir a la elección de los obispos, pero ésta debería ser efectuada por los presbíteros y por los obispos vecinos.
A estas alturas, la libertad que Pablo pretendía para todos los cristianos había pasado a ser privilegio exclusivo de los obispos. La Iglesia había adquirido así el perfil que, con ligeros retoques de centralismo romano y de césaro-papismo, caracterizará a la cristiandad desde el siglo III y hasta la Reforma.
"La Iglesia sobrevivió, y constantemente penetró todos los estratos sociales en un área inmensa, porque evitó o absorbió las posiciones extremistas, mediante el compromiso, desarrollando un temperamento urbano y erigiendo estructuras de tipo secular para preservar su unidad y guiar su actuación. Hubo consecuentemente una pérdida de espiritualidad o, como Pablo habría dicho, de libertad, pero también una ganancia en estabilidad y fuerza colectiva. Al finalizar el tercer siglo, la Cristiandad estaba en capacidad de afrontar y vencer a la corporación más poderosa del mundo antiguo: el Imperio Romano" (Johnson, pag. 63)