El caos escolástico.

En el siglo XI, como ya vimos, la corte romana estuvo profundamente influenciada por los monjes, quienes llevaron adelante un programa para independizar efectivamente al pontificado y erradicar la corrupción. Cluniacenses y cistercienses estaban haciendo vivir a la corte romana conforme a las reglas cristianas, para que fueran ejemplo del mundo cristiano; en los cincuenta años posteriores a 1073, contrariamente a lo característico antes y después, casi todos los pontífices fueron monjes. Estos papas fueron trashumantes y visitaron todas las diócesis cristianas, insistiendo en que el celibato, la pobreza y las virtudes cristianas debían ser la norma del catolicismo romano, y tratando de establecer en la iglesia romana la centralización, ya lograda por las reformas de Cluny y Cister en la vida conventual. Pero el centralismo romano no era cosa fácil de lograr.
La razón fundamental, debemos repetir, estaba en que la religión, mejor dicho el culto occidental, estaba por el siglo XI "privatizada" como diríamos hoy en día, y solo nominalmente era administrada por la autoridad eclesiástica y menos, porsupuesto, por la curia de Roma. Los señores feudales se habían apropiado de los diezmos, de los nombramientos (y sinecuras) eclesiásticas, de las limosnas por la recepción de los sacramentos y -en fin- de todos los beneficios eclesiásticos. La lucha entre el papado y el Imperio, es decir, el feudalismo, fue por ello una de las características de la época, hasta que la Iglesia logró independencia suficiente en la administración eclesiástica, sólo que por el expediente, inadmisible a nuestros ojos, de convertirse en autoridad civil, suplantando hasta donde pudo la influencia del mundo en lo religioso, pero volviéndose mundana para lograrlo y manchándose de corrupción en el proceso, tanto clero secular como monjes; esta difundida corrupción daría pie a los movimientos de reforma.
La imposibilidad de convertir al mundo fue en mucho debida a causas exteriores, la peste negra del siglo XIV la más importante de todas, pues la población entera, ante la inminencia de una muerte inexorable y próxima, reaccionó en las formas más imprevistas, casi ninguna cristiana. Antes de este flagelo el papado y los monjes lograron galvanizar a Europa para salir del cascarón y enfrentarse al mundo no cristiano, por las Cruzadas, hazaña militar que fue llevada a cabo exitosamente, hasta que los musulmanes recuperaron, bajo Saladino, la unidad política y dieron buena cuenta de la latinidad cristiana. De allí en adelante no hubo más gloria ni triunfos, ni más salida que la derrota final. Las cruzadas posteriores debieron pelearse en tierras españolas, adonde los caballeros cristianos llegaban en busca de fama y fortuna: aquí el éxito coronó sus trabajos y en 1492 la península ibérica quedó libre de musulmanes y el país unido bajo una férrea monarquía católica.
Al inicio del siglo XVI la religión romana es imponente, tanto por su riqueza y su fausto, como por su poder sobre el mundo. Con todo, la vida cristiana, en el pueblo y entre los clérigos, era casi inexistente; pero conforme avanza la civilización, tanto religiosa como civil, esto se supera mediante nuevas formas de piedad, y nacerá una nueva piedad, de profundo e íntimo compromiso personal e individual con Jesucristo, -la llamada entonces devoción moderna-, que no se aviene con una religión puramente ritual; se viviráun nuevo espíritu de reforma, por parte de los monjes, desde la curia, por parte de predicadores y mendicantes, para convertir al pueblo y la sociedad, por parte de reformadores, para renovar la Iglesia, unos (Erasmo) moderados, otros (Lutero) extremistas. Todos, de lo que tratan, por diversas vías, es de que la vida cristiana corresponda a la predicación cristiana y a que se abandone una religión teúrgica, basada en ceremonias, reliquias, oraciones: magia en fin y no la libertad del mensaje de Jesús y de Pablo.
No habrá de lograrlo la cristiandad en esta lapso, quedará para la Reforma y la Contrarreforma, acercarse más al ideal. Pero los pasos que dará, son admirables: el ideal de una civilización cristiana en la fe, la ciencia, el arte y las costumbres, ya no abandonará a la Cristiandad. El lapso de culto mágico, del siglo VII al siglo XI, no volverá a aprisionar a la nueva Iglesia: el cristianismo, -de superstición despiadada, cruel e ignorante-, pasa nuevamente a ser religión en que hallará impulso y reposo el espíritu del hombre.