El concepto de Dios.

La concepción hoy imperante sobre la divinidad, entre los intelectuales que aún la aceptan, es intelectualmente incompatible con el concepto cristiano de Dios, al menos como se desarrolló entre los antiguos a partir del siglo II de nuestra era, en contraposición a la concepción de los gentiles ilustrados. El Dios inmutable, trascendente, motor inmóvil, del paganismo, fue suplantado por el Dios hebreo, providente e inmiscuido en la historia, taumaturgo y socorro de los afligidos, tan con-natural a la cosmovisión cristiana que escasamente logramos ni tan siquiera plantearnos la divinidad antigua. El cristianismo no fue ni es, simplemente una religión, sino específicamente una soterología; de donde dimana su profundo atractivo para las multitudes humanas, cuyo principal sentimiento es la percepción vital de su condición de criaturas, con un implícito desamparo radical y una incontenible necesidad espiritual de auxilio, de protección, de providencia salvífica y santificante, convencidos, como estamos, de que por nosotros mismos nada podemos. Sin duda esto fue así en toda la cristiandad hasta el siglo XVII, pero entonces, entre los ilustrados, comenzó la resurrección del Dios pagano, motor inmóvil ajeno a la historia; resurrección desapercibida inicialmente, pero que fue injertándose en el pensamiento "científico" sin que pudiera ser combatida su hipótesis, ni su tesitura, ni sus exigencias posteriores.

Que estábamos comenzando a creer en una nueva divinidad, nunca quisimos enfrentarlo, por el tabú que precluyó plantearse una hipótesis tan descabellada como la imposibilidad en que se encuentra Dios, si es que fuera divino, y contrariamente al Dios cristiano, de hacer milagros. Esto, "Dios no puede hacer milagros", tan evidente para el filósofo pagano, es para el cristiano una contradictio in adjecto,[2] pues, contrariamente al pagano, el Dios cristiano está inmerso en el mundo, no es ajeno a él; así como aquellas deidades menores de la superstición antigua, los dioses paganos, se inmiscuían en las cosas de los hombres, lo hace nuestro Dios, que no es inmanente –no se queda dentro de sí mismo–, sino trascendente, se va a las cosas, tanto que parece haberlas creado precisamente para holgarse en ellas.[3]

Asimismo, al pensamiento moderno le es ajena, extraña, la noción de causa final. [4] En lugar de una teleología (una doctrina de las causas finales) la ciencia moderna razona desde las causas eficientes, desde los antecedentes de un resultado, y, si constata la existencia de un orden, no lo atribuye a un designio de la naturaleza, sino que sería un resultado "natural", no el logro de un designio; esta forma mental es adversa a la idea de una divinidad, sea cual fuere, así como la otra le es proclive.