El odio a la vida.

El siglo que termina se ha caracterizado por el odio a la vida, pues nunca en los tiempos anteriores se vieron estragos como en este: guerras universales, genocidios, difusión y estímulo al aborto, conculcación masiva de los derechos humanos elementales, políticas experimentales de empobrecimiento y aniquilación, etc. No implica esto que haya habido un mayor número de mentes demoníacas en este tiempo, pero sí que tuvieron a su disposición recursos muchísimo más eficaces, lo que, desde el punto de vista de la santidad no tiene importancia, pero, además, que no enfrentaron oposición alguna eficaz, ni de cristianos ni de gentiles. Y esto sí tiene importancia desde el punto de vista de la santidad.

En todo lo relativo a la vida como sacrosanta, aunque las iglesias cristianas no han hecho suficiente, sí han mantenido clara su posición, al menos teórica. Ya en la práctica, especialmente si el enemigo fue poderoso y dispuesto a todo, como bajo Stalin, Hitler o Mussolini, se comportaron cobardemente y perdieron credibilidad ante sus propias congregaciones; no obstante, todo parece indicar que al nuevo milenio se está entrando con conciencia más clara, y voluntad más decidida, para evitar la repetición de las conductas criminales de los gobiernos y los individuos que se toleraron en el siglo XX.