El reino de Dios.

Hace dos milenios Jesús planteó una cosmovisión revolucionaria, de la que se desarrollaría la Cristiandad. Pero es difícil superar una molesta incongruencia que la acompaña desde entonces, pues el árbol pujante que creció a partir de aquella pequeña semilla, parece haber dejado de lado lo esencial del mensaje del Maestro, de su cosmovisión, a saber, el Reino de Dios.

En efecto, si uno lee los evangelios sinópticos, encuentra un mensaje llano, simple, centrado en la creación del reino de Dios en el mundo, y casi de inmediato, durante la vida misma de los apóstoles; pero esta anhelada parusía ("presencia"), esta segunda venida del Señor ni se dio, ni se ha dado.

Jesús no habló tanto a la inteligencia, como a la voluntad, propugnó no tanto por comprender las cosas de otra manera, como por vivir la vida de otra forma. Pero la transformación que predicó ni se dió ni se ha dado, y la constatación de que ello era así se hizo patente en la posposición sine die de la ansiada parusía.

La Iglesia se quedó, entonces, con las manos vacías; como esto era inadmisible, se ensimismó, y el Reino de Dios se hizo coincidir con lo que tenía, con lo que había logrado, con la asamblea de los cristianos, con la Iglesia (palabra que significa, en efecto, "asamblea"), asamblea que se empeñó en un continuo examen de conciencia, de búsqueda y explicación de su propia identidad, más que en poner en obra el reino de Dios. Esta obra intelectual resultaría en la más maravillosa logomaquia (atender más a las palabras que a la sustancia del asunto) lograda jamás por la mente humana; pero con abandono casi total de la segunda venida del Señor, de lograr la justicia y la santidad en la Tierra, de instaurar el Reino de Dios.

En esta variación de enfoque fue protagónico Pablo, un santo ajeno a Jesús, a quien no conoció, autodenominado apóstol y cuyo propósito fue, más que todo, independizar de la ley mosaica a la nueva cosmovisión, convirtiéndola así en ecuménica, en lugar de palestínica: el Cristo hebreo se universaliza y, como señor de la muerte que es en Pablo (la resurrección de Jesús es crucial para la concepción paulina), adquiere atributos divinos y, una vez que se da este salto de la mesianidad a la divinidad, el examen de conciencia eclesiástico –la búsqueda de la congruencia intelectual– se enreda; en desenredar esta monumental madeja se consumirán los primeros siete concilios ecuménicos, cuya materia es precisamente definir quién y qué sea Cristo, para lo cual han de definir quién, qué y cómo sea Dios, la divinidad de la nueva religión trinitaria que hasta hoy perdura.

Esta proeza intelectual es de las más complejas en la historia del pensamiento, presea[5] que la humanidad debe a la Cristiandad.

Quizá todo habría sido para bien, si no fuera por el odium theologicum, por el desmesurado apasionamiento con que se hizo, por el afán persecutorio que descarriló este empeño. Porque esta meditación sobre la divinidad del Maestro y de su Padre, en lugar de alegrarse con las distinciones y novedades que iba "maginando", las empleó para excomulgar, anatematizar, a quienes no compartieran la totalidad de una visión única, la ortodoxa. El cristianismo inicial, que toleró mucha diversidad teológica, evolucionó a una férrea visión unitaria y –sobre todo en Occidente– a una definición jurídica y legalística de la cosmovisión, que originaría multitud de sectas mutuamente excluyentes, lo que lo convertiría, de vínculo de unión, en espíritu de discordia y de facción. Esto más en Occidente, como ya se dijo, que en Oriente y sobre todo a partir del siglo IV, cuando un santo de religiosidad tanto profundísima como insensata, Agustín de Hipona, construirá un cristianismo a su medida, el cual será la camisa de fuerza que hasta el presente nos amarra; su nefasta influencia en lugar de disminuir aumenta, cuando un fervoroso discípulo suyo, de religiosidad igualmente sublime, Martín Lutero, en lugar de permitir que la doctrina agustiniana continuara desleyéndose, como venía haciéndolo, le da nuevo vigor y la resucita poderosa para campear hasta nuestros días.