El sacerdocio.

El orden sacerdotal conserva en la doctrina cristiana occidental, especialmente en la Iglesia romana, múltiples rasgos que más convienen al hechicero que al ministro de nuestro Dios, más designios útiles para la magia que para la religión. Reminiscencia de una religiosidad todavía muy influida por conceptos mágicos, como lo son muchos de los que respaldan o validan la absolución, la bendición de objetos para el culto, la celebración eucarística, el exorcismo, y los demás etcéteras. Que Lutero se rebelara contra este abuso es cosa harto normal y que la Iglesia romana no le haya seguido es sólo evidencia de cuán dura sea su cerviz.

Un ejemplo para hacerme mejor entender, relativo a la consagración en la misa. Para la Iglesia romana, el misterio se pone en obra por las palabras del canon de la misa, dichas tal cual y sin variantes, como si se tratara de una fórmula mágica; es sin duda el prontuario notarial de algún teólogo jurista, de algún canonista, que tanto abundan –y para tan poco provecho– en nuestra Iglesia. No se requiere ser antropólogo titulado para percatarse de que esto está mucho más cerca de la magia (¡blanca, por supuesto!) que de la religión. Si vamos a la teología de nuestros hermanos ortodoxos, y que lo son tanto como nosotros, nos encontraremos que no hay un canon, un encantamiento verbatim, una fórmula mágica en fin, sino una epiclesis, una invocación, una plegaria, que adquiere alguna literalidad, a partir del siglo IV, pero con muchas diversas maneras de expresarla según las diversas liturgias (de san Jaime, san Basilio, san Crisóstomo, san Cirilo, etc., etc.). Algo semejante sucede con la fórmula de la absolución de los pecados. En la Iglesia romana se trata de una fórmula sacramental, entre los ortodoxos de una invocación en que el sacerdote impetra para que al penitente le sea concedido el perdón de los pecados.

Estas literalidades romanas son hoy en día menos importantes (¡por supuesto, para acabar con ellas no es necesario acabar también con la música de Palestrina!) por haber abandonado la teología actual los rígidos criterios aristotélicos, debidos a Guillermo de Auxerre (muerto en 1231), según quien los sacramentos se componían de materia (agua en el bautismo, pan en la eucaristía, etc.) y forma, las palabras tal cual, verbatim, del rito; de esto a magia muy poco había, pero hoy en día la hechicería es menor y los sacramentos se ven como una participación en la vida de Cristo, y podrán ser los que sean y no unos cuantos como otrora, privilegiados por operar automáticamente (ex opere operato), como las pócimas de brujas.

Estando así las cosas, aparentemente el sacerdote especialista y separado del pueblo, sale sobrando y todos podemos ejercer de tales, y, si no lo hacemos, es por razón de conveniencia, la misma por la que no tenemos otras especialidades laborales o académicas, sino la nuestra. Consecuentemente, la misma modificación del culto traerá de suyo la difusión universal del sacerdocio y hará desaparecer la presente reticencia a admitir el sacerdocio de todos y cada uno de los fieles, inconsabidamente implícito en las pretendidas funciones mágicas que le serían propias, resabio que debería desaparecer en cuanto fuera del común saber y entender que eso del sacerdocio es cosa de ordinaria administración.