La divinización de Cristo.

Interminables fueron los debates, durante el siglo IV, sobre la naturaleza de Cristo: dos corrientes principales imperaban, la arriana y la origenista.
Arrio (250-336), fue ordenado sacerdote en el 311-2, y enseñó en Alejandría; su concepción de la divinidad, del Logos y de la encarnación, estuvo fuertemente influenciada por la filosofía, por el neoplatonismo: Cristo no podía ser Dios pues la divinidad es única, incomunicable e inmutable (neoplatonismo): la segunda persona de la Trinidad, el Logos, es subordinada al Padre, y menos que el Padre; creada y por consiguiente con un principio, en tanto que Dios es absolutamente trascendente: "un único Dios, el único increado (agennetos), el único eterno, el único sin comienzo"; Cristo es, pues, una criatura, como encarnación de la Palabra. El Hijo es anomois, diverso del Padre.
La corriente origenista, por su parte, más estrictamente apegada a los textos sagrados cristianos, concebía a Cristo como el Logos encarnado, creador del universo y la humanidad, pero subordinado a Dios y sujeto a los comandos del Padre.
Estas diversas interpret aciones de la divinidad, del Logos y de Cristo, dividían profundamente a la Iglesia y de continuar, la invalidarían, al impedir su unidad, como única religión oficial: En el 325 Constantino convocó el concilio ecuménico de Nicea, que él presidió no se conservan minutas de los debates de este concilio, pero consta que fué, más que un debate, una pelotera, una verdadera palestra bizantina de la que no podría haber resultado la "unidad de la Iglesia" que Constantino buscaba; el emperador decidió proponer su fórmula sobre la naturaleza de Cristo, que, aunque fue aceptada por el Concilioa regañadientes, produjo lo que el emperador buscaba: la paz entre los obispos cristianos, y la unidad de la iglesia oficial.
Esta fórmula fue la del homoousios, es decir que Cristo es consubstancial con el Padre. Se estableció el Credo de Nicea, el que hasta nuestros días proclama toda la cristiandad y que, en su versión tomada del texto griego (cfr. Denzinger, 54); reza:
Creemos en un solo Dios Padre omnipotente, creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles; y en un solo señor Jesucristo HIjo de Dios, nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, las que hay en el cielo y las que hay en la tierra, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió y se encarnó, se hizo hombre, padeció, y resucitó al tercer día, subió a los cielos y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Y en el Espíritu Santo.
Mas a los que afirman: Hubo un tiempo en que no fue y que antes de ser engendrado no fue, y que fue hecho de la nada, o los que dicen que es de otra hipóstasis (persona) o de otra sustancia o que el Hijo de Dios es cambiable o mudable, los anatemiza la Iglesia Católica.
La ortodoxia no sería a partir de este momento origenista, ni arriana, sino nicena; y Atanasio (293-373), obispo de Alejandría, se encargarí a de extirpar el arrianismo de Europa y Asia, el cual subsistiría, no obstante, entre las tribus germánicas hasta el siglo VII y en nuestros días en algunas confesiones cristianas (los Unitarios, los Testigos de Yahveh). Arrio fue admitido a la fe católica, por Constantino, mediante una confesión ambigua del credo niceno: el emperador había logrado su propósito, la unidad de la iglesia oficial. Sin embargo esto era solo aparente, como las disputas sobre la naturalez a de Cristo, que culminarían en el Concilio de Calcedonia del 451, pusieron de manifiesto.