La guerra de los treinta años. 1618-1648.

Las disidencias religiosas acabaron en tres décadas de conteniendas bélicas, la Guerra de los Treinta Años, entre España, Francia, Suecia, Polonia, Holanda, el Imperio y los príncipes imperiales, que asoló Alemania y devastó una amplísima zona de cien kilómetros, centrada en un eje que uniese Ginebra con Sttetin: aquí desaparecieron casi todos lo pueblos pequeños, los ganados y del 50% al 75% de los habitantes. Este fue el altísimo precio que Alemania hubo de pagar por la intolerancia católica y protestante, y por los intereses dinásticos y republicanos de la época.
Veamos cómo se desarrollaron los hechos.
Carlos V en 1554 acarició nuevamente la idea de dominio sobre Europa, gracias al matrimonio de su hijo Felipe con María I de Inglaterra, desafortunadamente no tuvieron hijos y nada se logró; en 1555, desalentado con lo poco que lograba y debilitadas sus fuerzas, Carlos abdica, después de la Paz de Augsburgo: entrega España y los Países Bajos a su hijo Felipe y el imperio a su hermano Fernando y se retira a Estremadura, al Yuste, para acabar allí sus días entregado a la oración, la penitencia y la gula (obsesiva en él). La Dieta de Augsburgo, contra los deseos de Carlos, congeló la situación religiosa, aceptando como legítima la fe protestante luterana y prometiendo tolerancia a los zuinglitas, calvinistas y anabaptistas, conforme al principio de cuius regio eius religio, con la reserva eclesiástica, que obligaba a los príncipes eclesiásticos a renunciar si se convertían al protestantismo; las propiedades eclesiásticas secularizadas antes de 1552 continuarían secularizadas. En lo político, debilitó la autoridad imperial y se robusteció la territoral, la de los principados y ciudades libres.
Al no haber herederos directos para el trono del emperador, se propuso nombrar como tal a Fernando de Estiria, educado por los jesuitas y campión de la Contrarreforma, para ello Felipe III de España (1578-1621), renunció a sus derechos al trono imperial. Los protestantes se opusieron tenazmente a Fernando y en 1618, discutiendo sobre asuntos locales, tres delegados imperiales fueron defenestrados por los protestantes del castillo Hradcany en Praga; los bohemios se prepararon para la guerra, eligiendo, en 1619, como rey de Bohemia al calvinista Federico V, dos días antes de que Fernando de Estiria fuera electo emperador, como Fernando II (1578-1637), quien enfrentó a Federico y lo derrotó en 1620, en la batalla de la Montaña Blanca, cerca de Praga, entonces fue eliminado el protestantismo de Bohemia mediante medidas draconianas.
A raíz de todo esto comenzaron las luchas entre las potencias europeas conocidas como la Guerra de los Treinta Años (1618, defenestración a 1648, paz de Westfalia) en que intervinieron España, el Imperio, Francia, Polonia, Dinamarca y las Provincias Unidas (Holanda), y que asoló, como ya dijimos, a la nación alemana, dejándola postrada y arruinada, tanto en vidas humanas como en su agricultura, ganadería e industria.
Todos los contendientes acudieron al auxilio externo: el emperador a España, los príncipes a Suecia, Francia y Holanda; la Paz de Westfalia de 1648 no fue una de concordia entre príncipes cristianos, sino un compromiso en que privó la "razón de estado", la solución religiosa quedó supeditada y condicionada por la racionalidad política: se estableció la igualdad de derechos entre católicos, luteranos y calvinistas, y se acordó una distribución de territorios según su religión, conforme a las realidades de 1624 (en vez de las de 1552 como en la interina paz de Augsburgo): fue respetado el derecho de los disidentes al culto privado, la libertad de conciencia y el derecho de emigrar; la autoridad civil renunció a sus pretensiones de decidir en disputas religiosas, creándose organismos religiosos que las dirimirían amigablemente.
En fin de cuentas resulta que la supresión del protestantismo por obra de Fernando II en Austria, tanto como en Bohemia, lo mismo que por Richelieu en Francia, obedeció más que todo a causas políticas: apuntalar el absolutismo, del que los protestantes eran los más decididos adversarios, sospechosos incluso de tendencias republicanas conforme a los modelos suizos y holandés. La polémica teológica y militar del emperador con los príncipes y ciudades protestantes, más bien fue política, para decidir si prevalecería en el imperio una constitución monárquica o una federal.
La Paz de Westfalia estableció la preponderancia de Francia y sus aliados en el norte y centro de Europa, con lo que empezó a declinar la influencia española.
Volviendo a la religioso, a raíz de la Paz de Westfalia (1648), la distribución de las creencias religiosas, en el imperio (Alemania y Austria, para todo fin práctico), según la elección de religión hecha por el príncipe de cada territorio, fue la siguiente: protestante el norte, nordeste y centro (excepto el obispado de Hildesheim y la abadía de Fulda); católico, el nordoeste, oeste y sudeste, con excepción del Palatinado renano y los dominios de los Habsburgo (Austria y Tirol, Bohemia-Moravia, Silesia, una porción de Suabia). Wurtemberg en Suabia, Ansbach y Bayreuth en Franconia, y casi todas las ciudades libres, incluso las de territorios católicos, se adhirieron a la fe protestante; la nobleza y los burgueses de Bavaria y los dominios de los Habsburgo, que habían abrazado la fe protestante, volvieron a la católica o marcharon al exilio.
Si de Alemania pasamos al resto de Europa, el equilibrio de fuerzas religiosas, a mediados del siglo XVII, es abigarrado: Rusia aislada y bajo un régimen despótico, mantuvo la ortodoxia rusa al margen de la Reforma y la Contrarreforma. La influencia protestante fue destruida en Italia, España, Bavaria, Polonia; igualmente católicas, parte de la Confederación Suiza, la región de Münster y Würzburgo, casi toda Polonia; católicas con minorías protestantes: Austria, Hungría, Bohemia, parte del Franco-Comté, los Países Bajos y Osnabrück. Luteranas: Dinamarca, Suecia, Sajonia, Brandenburgo, Prusia; luteranos con minorías católicas: Silesia, parte de Polonia. Calvinistas: parte de la Confederación Helvética, Amsterdam; calvinistas con minorías católicas o luteranas: Provincias Unidas (Holanda), Kasel, Mainz. Anglicanos: Inglaterra.
En ninguna parte, católica ni protestante, la tolerancia fue aceptada como un principio moral de valor intrínseco, sino que, cuando se dio, fue por necesidad política, aceptada más por razones prácticas que religiosas.