La Reforma Católica se transforma en combate a la Herejía.

La coyuntura religiosa jugó al catolicismo una jugarreta dolorosa, que desvió su reforma y la convirtió, de fuerza para la profundización religiosa, en un movimiento de reacción frente a la Reforma protestante. El mismo hecho del éxito de la Reforma evangélica (luterana y calvinista, principalmente), hizo que la Iglesia de Roma, en lugar de continuar la transformación de su religiosidad que con tanto empuje estaba llevando a cabo, se pusiera a la defensiva y, por no caer en errores, más se preocupara de combatir el error que de alcanzar la plenitud de la vida cristiana, objetivo que desaparecería de su horizonte vital, para reaparecer, si acaso lo ha hecho, en nuestros días con el movimiento conciliar del Vaticano II (1962-5).
Es conveniente, pues, considerar con mayor detalle qué había realizado el protestantismo del 1536 al 1563, la época de preparación y celebración del Concilio de Trento, que en fin de cuentas oponerse a esto fue el principal móvil de la reforma católica (la Contrarreforma), desviada, repito, a acabar con el error, en lugar de lograr su renovación interior, para vivir plenamente el mensaje cristiano.
El protestantismo fue un renacimiento de la religión, pero incapaz de convertir a la mayoría de la cristiandad hubo de recurrir a la violencia: la mayoría de la población permaneció, y continúa hasta nuestra época, en la Iglesia católica (inicialmente cerca del 50% de Europa fue protestante, pero muchoss países volvieron al catolicismo; a la postre cerca del 20% de Europa permanecería protestante), esta falta de atractivo de la Reforma, se debió a que, desde sus inicios, estuvo plagada por divisiones y luchas intestinas, sin que el hombre del Renacimiento pudiera conciliar las diversas facciones, pues la tolerancia a la diversidad de interpretaciones religiosas le era ajena. La Reforma, que se dio especialmente en Alemania, significó en primer lugar una separación de la romanidad, debida a que el catolicismo, en Alemania, era sinónimo de explotación económica, política y social por Roma: Alemania (desmembrada en más de 300 regiones autónomas), era, después de los estados pontificios, la región más explotada por esa multinacional foránea, la curia pontificia, que estaba por encima de la constitución nacional, que desconocía el fuero de cada país y que comandaba mediante clérigos, que legislaban e imponían impuestos, de los que estaban exentos, que legislaban y juzgaban conforme a sus leyes y en sus cortes, con desprecio de las del país; que si no eran obedecidos imponían penas eclesiásticas y excomulgaban y ponían en entredicho a quienes no las obedecían. La legislación eclesiástica imponía fiestas de guardar (casi un tercio del año), épocas de ayunos, de abstinencia (de huevos, manteca, mantequilla, carne, trato carnal, etc., salvo dispensa eclesiástica); por doquier había riquísimos monasterios e iglesias que costaba un ojo de la cara mantener (con la Reforma, la clerecía se redujo hasta en dos tercios y los días festivos a menos de la mitad), todo dentro de un clima de corrupción: tráfico de beneficios religiosos, simonía, venta de indulgencias, subarriendo de prebendas, sinecuras, vendidas incluso a futuro; reserva de crímenes y excomuniones a la Santa Sede, excomuniones políticas, burocracia eclesiástica costosísima, exceso de clérigos y monjas (del 6% al 10% de la población total); la Reforma fue tanto un movimiento religioso como político, para conservar la independencia respecto del internacionalismo católico, visto como a provecho exclusivo de Roma; por ello combatir la romanidad fue esencial y la adversaron principalmente las ciudades imperiales libres de Alemania y Suiza. Se estaba en la época del nacimiento de las nacionalidades europeas y Roma era vista como su enemigo natural.
Estos movimientos nacionalistas no fueron, para nada, igualitarios, ni revolucionarios, en lo político, todo lo contrario, fueron extremadamente conservadores y partidarios, lo mismo que la Reforma y la Contrarreforma, del absolutismo. En el caso de la Iglesia católica, su inclinación hacia el absolutismo era ancestral: política seguida por la Iglesia desde que fue elevada a religión oficial del Imperio, por Constantino. Pero no acierta uno a explicarse cómo resultó lo mismo con los reformadores, pues el absolutismo se nos hace incompatible con los principios de libre examen y el consiguiente individualismo: más fuerte que esa repugnancia natural resultó ser el espíritu de la época, favorable al absolutismo, en razón de que toda otra solución se consideraba conducente a la anarquía; así que, en lo político, continuidad y orden fueron los objetivos, tanto de católicos como de protestantes.
Inicialmente el movimiento reformista fue libérrimo, pero pronto se levantaron las más diversas facciones y la Reforma se vió aprisionada por la historia, obligada a definir cada vez más cosas, tanto como el catolicismo, para evitar una libertad liberticida: para superar el problema acabó defendiendo, aunque condicionadamente, la tiranía.
Ya en 1530 la disciplina espiritual (Zucht und Ordnung) fue más importante en la agenda reformista que la igualdad espiritual de todos los hombres, Lutero mismo estaba sorprendido del libertinaje en que estaba cayendo la Reforma; para detener este desarrollo defendió el derecho del gobierno secular a obligar a los ciudadanos a una conducta moral y religiosa adecuada (dieta de Augsburgo), y aunque los reformistas primero intentaron lograrlo por la convicción personal, como no diera frutos, pasaron a la imposición social. Los católicos, visto el libertinaje protestante, consideraron al movimiento reformista como anárquico y oponerse a él obligación tanto religiosa como política.
En los países protestante las autoridades civiles se conviertieron en autoridades religiosas, consideradas como "obispos emergentes" (Notbischöfe) según Lutero, pues, como cristianos, pertenecían, igual que los demás cristianos, al orden sacerdotal. Se afirmaba así una separación de lo civil y lo religioso, que se unían, no obstante estar separados, en las personas que actuaban. Esto equivalía, en nuestro lenguaje de hoy, a declarar la religión de "interés público", como lo expresó adecuadamente Elizabeth, duquesa de Brunswick, en 1542:
Siempre ha sido prerrogativa del magistrado mantener la Palabra de Dios y los verdaderos servicios divinos, y proteger el bien común[1].
En consecuencia la libérrima Reforma, desde el punto de vista religioso, acabó siendo asunto del magistrado civil, con la asesoría de clérigos, es verdad, pero, no obstante, como asunto puramente civil. Fue el poder civil el que dictó el paso a que debía avanzarse, para evitar tanto la anarquía desde abajo, como la teocracia desde arriba. Culminó así la evolución absolutista iniciada desde el siglo XIV. Esta preminencia de lo político, del statu quo, hizo que en lo relativo a los diezmos, la usura y la libertad campesina, los protestantes acabaran, para no obstaculizar los intereses civiles, decretando que la libertad cristiana era asunto puramente espiritual, y que las cargas tradicionales y la servidumbre ancestral no debía discutirse, que no se estaba luchando, como la inmensa muchedumbre de la población planteaba, por rebelarse contra el orden establecido: por ello la guerra campesina, originalmente protestante, acabó en una profunda decepción y en el regreso de estos rebeldes a la Iglesia católica, desilusionados con la revolucón protestante.
La Reforma, especialmente la luterana, ha sido por todo esto acusada de quietismo (fatalismo) y de componenda con los poderes de este mundo: Lutero, en 1526, pidió el auxilio del poder civil para implementar la reforma, cambiando de rumbo en sus actitudes políticas, por el horror que causó a su espíritu la revolución campesina en Alemania del Sur, a la que apoyó en 1523 y exacró en 1525: esta rebelión hizo que Lutero cambiara enteramente de opinión y apoyará al poder constituido, pero, con exceso de reacción, lo apoyó no solo en lo político sino también en religioso; quizás la consecuencia de esto fue que la libertad política en Alemania perdió toda oportunidad en los siglos siguientes, oportunidad que recobrará solo después de la II Guerra Mundial. La Reforma puso como único obstáculo al arbitrio de los magistrados sus propias conciencias, sus responsabilidades frente a Dios, no la soberanía del pueblo.
Con todo, es injusto criticar tan duramente a la Reforma, especialmente a Lutero, pues no era su intención tal degradación de la nación alemana, como lo muestra que en 1523 ya había proclamado limitaciones fundamentales al poder civil, lo que contenía la autoridad política dentro de límites razonables; en efecto, en ese año dio su opinión sobre lo que los jerarcas NO podían hacer, limitando así las posibilidades de tiranía; en su tratado sobre "La Autoridad Temporal", afirmó:
El poder temporal del gobierno no tiene jurisdicción más allá de lo que se refiere a la vida y la propiedad, y a los negocios externos de la tierra, pues Dios no puede y no permitirá a nadie, más que a si mismo, gobernar sobre el alma o guiarla... Si, entonces, tu príncipe.... te ordena.... deshacerte de algunos libros, debes responder.... "Gracioso señor, te debo obediencia en lo que a mi cuerpo y mi propiedad; ordéname dentro de los límites de tu autoridad sobre la tiera, y yo obedeceré. Pero si me ordenas alguna creencia o deshacerme de algunos libros, no obedeceré; porque entonces eres un tirano... no tienes ni el derecho ni la autoridad para hacer tal cosa"[2].
A pesar de estas precisaciones Lutero estuvo, por su temor a la anarquía, siempre de lado del orden establecido, como bien lo señala Ozment, p. 141:
Ya desde 1522, Lutero se declaró "siempre al lado de aquellos contra los que la insurrección se dirige, sin importar cuán justa sea la causa, y opuesto a quienes se levantan en revuelta, sin importar cuán justa su causa[3].
La razón de este conservatismo extremo se encuentra en que Lutero no aceptaba que pudiese sobrevivir ninguna sociedad sin reglas debidamente promulgadoas y obedecidas, pues, como todos los políticos de su época, no concebía la existencia de un orden social espontáneo. Doctrina que no tendría partidarios sino hasta el siglo XVIII.
Si nos apartamos del tema político y pasamos a la revolución religiosa, constataremos que en lo que realmente fue revolucionaria la Reforma, fue en lo relativo al celibato, sobre el cual tuvo una visión enteramente contraria a la tradición milenaria del cristianismo; en lo demás la Reforma fue, casi sin excepción, una vuelta al cristianismo primitivo, pero en esto no. Y fue en esto del celibato en donde mayor éxito tuvo. Con el ataque de los protestantes al celibato, logró gran aceptación entre los clérigos de la época: los monjes y monjas abandonaron a raudales el celibato y se adhirieron a la nueva religiosidad. En lo relativo a la normativa matrimonial, también los protestantes rechazaron todo lo que Roma había establecido para regularlo, y aceptaron solo los impedimentos establecidos en el Antiguo Testamento (Levítico, 18, 6-18), y, además, el divorcio fue causa de anulación del matrimonio anterior, no mera separación de lecho y mesa como hasta entonces, con el derecho a contraer nuevos esponsales (aunque Lutero, poco propenso a conceder divorcios, salvo caso extremo, preferió la bigamia secreta, al menos para los casos de impotencia, y mediante procedimientos semejantes a los aceptados en el Antiguo Testamento para el levirato). La mujer fue liberada del claustro, según algunos para caer en la servidumbre doméstica (el Kirche, Kinder, Kuche,- Iglesia, Niños, Cocina- con que el III Reich estigmatizó la vocación femenina), esto quizás fue una de las tragedias concomitantes con la Reforma, que abolió el único respiro a la sujeción femenina[4], la vida conventual, donde gozaba de independencia e iniciativa para dedicarse a la asistencia social, a la vida intelectual y a la contemplación religiosa. Esta vía de escape de la sujeción familiar quedó abolida en los países protestantes, por el incomprensible y acristiano odio de la Reforma al celibato. Sin embargo, de positivo se tuvo el que el hogar se transformó en iglesia y el paterfamilias en "obispo", con obligación de instruir y educar a toda la familia, inclusive la servidumbre, en la doctrina evangélica.
En lo que hace al culto, este fue simplificado sustancialmente, y las iglesias privadas de todos sus adornos e imaginería, la misma música sagrada fue simplificada, así como los ritos; se dio énfasis casi exclusivamente a la predicación y los servicios religiosos fueron casi exclusivamente reducidos a la homilía, vinieron a menos las misas (el culto eucarístico se practicó cuando mucho cuatro veces al año), las misas de rogativas, las procesiones, la confesión, el culto al santísimo sacramento, los rosarios, etc., etc. En fin, la religión protestante fue simplificada y se le quitaron muchas "adherencias", fue más sombría, menos barroca; el catolicismo, ¿por reacción?, siguió el camino contrario, o quizás porque ese era el espíritu espontáneo de los fieles. Los clérigos, en los países protestantes, perdieron, en lo civil, sus privilegios, sus ingresos y sus rentas, y pasaron a ser a ser empleados públicos, la distinción entre laico y clérigo desapareció, como desapareció el poder de los clérigos para establecer prácticas obligatorias arbitrarias (ayunos, abstinencias, excomuniones, adoración de reliquias, etc.), y exonerar de ellas mediante compensación. Esta revolución fue posible porque los laicos en la edad del Renacimiento estaban mejor educados que los clérigos, por lo que la dirección política y espiritual de los religiosos era difícilmente tolerada; además, las clases educadas de la Europa renacentista, poseían un anhelo religioso muy profundo, la necesidad de una vida espiritual individual muy intensa, que la clerecía, con su religión ritualista, no podía satisfacer, todo lo contrario, esa religión hierática, propia de monjes, era repudiada. Pero esto era verdad para minorías, para los educados, cuando mucho para un diez por ciento de la población, el resto para todo fin práctico y espiritual era y vivía en el paganismo: a estas masas rurales las llevó al cristianismo la Reforma, por la coacción y el lavado cerebral. En fin de cuentas lo que se planteó fue la transición de una religiosidad rural (si admitimos que alguna vez la población de la Edad media hubiera sido cristiana) a otra urbana: tanto Reforma como Contrarreforma convirtieron a la población, coercitivamente, al nuevo cristianismo, y lo impusieron conforme a las reglas de la época, en función de clase, cultura, intereses políticos, no por convicción individual; el cristianismo de convicción individual existió, pero solo entre quienes acaudillaron la Reforma y la Contrarreforma, entre los demás no, y lo mismo les daba ser protestantes o católicos, por eso el fenónemo de la conversión al protestantismo y reconquista por el catolicismo de poblaciones enteras.
Protestantes y católicos tuvieron estilos diferentes, el protestantismo exaltó la fe, el catolicismo la caridad (las obras); el protestante, reconciliado con Dios por la fe sola, no tuvo necesidad de que sus pecados fueran perdonados por sus hermanos, por lo que el protestantismo resultó en una religión de confesión más que de práctica o vida social.
Mucho se ha dicho de la importancia del libro para la difusión del protestantismo, pero igual se habría propagado sin la imprenta, porque la cultura europea después de la Reforma continuó siendo una cultura eminentemente oral, leer fue, realmente, cosa de pocos, por eso el catecismo, más que la Biblia, fue el arma de lavado del cerebro de la Reforma y por medio de él se buscó la uniformidad de costumbres y la uniformidad religiosa que del libre examen no habrían surgido, todo lo contrario. La catequesis protestante no pretendió lo mejor, lo más alto, sino lo que podía ser; la religión pasó a ser, de ideal, costumbre, y a estar realmente en manos del pueblo minuto. Dicho en otras palabras, a los protestantes no les interesó, como será el objetivo de los católicos, que el pueblo progresará en virtud, hay razones teológicas para ello, que se tocarán seguidamente, sino que se conformaba con poco como se deduce de lo que Lazarus Spengler nos reporta, en 1524:
Tengo que admitir que la Palabra de Dios no ha logrado todavía ningún fruto o mejoría [en lo moral]. Con todo, debemos admitir que estamos mejor,- una vez que se nos ha mostrado la senda verdadera hacia la salvación, mediante la predicación de la límpida Palabra de Dios-, de lo que estaríamos, si para siempre hubiéramos permanecido en el viejo error e ignorancia de llevar a cabo muchas obras exteriores en la creencia de que ellas fuesen buenas[5].
Esta concepción es claramente antitética de la católica: el católico satisface a Dios mediante la justicia, con buenas obras, casi todas dirigidas al auxilio de los demás hombres (aunque la Edad media enfatizó mucho la adoración); para el protestante Dios es alguien en quien se confía de buena fe, un Dios misericordioso, en vez de un Dios justo. Por eso la santidad protestante no dependerá de obras exteriores, ni de formas de vida: enclaustrarse o hacer obras excepcionales, el protestantismo carece de ascética: el hombre cotidiano será tan santo como el asceta, porque la santidad no dependerá de una virtud heroica, sino simplemente de confesar la divinidad de Jesucristo. Sin duda esto representó una ventaja para el protestante, que pudo dedicarse a lo cotidiano enteramente, y sin sacrificar, al hacerlo, su salvación.
A riesgo de ser repetitivo, cabe aquí considerar una de las primeras (1523) "Ordenanzas sobre culto y predicación", las de Elbogen, para percatarnos de en qué consistía la reforma, en sus inicios (recuérdese que Lutero fue excomulgado en 1522). Se da, en la misa, prioridad al sermón sobre la eucaristía, se abuelen procesiones y la bendición con agua bendita, la eucaristía puede recibirse bajo ambas especies, sin necesidad de confesión previa, se prohíben las rogativas, los cementerios se declaran propiedad comunal, no eclesiástica; los feligreses son quienes gobiernan la parroquia, el bautismo debe administrarse en alemán, las horas canónicas son voluntarias, el pastor recibe un salario de la comunidad, pero se le permite un canon por la bendición de los matrimonios.
De la reforma religiosa renacentista, tanto de la protestante como de la católica, se puede concluir que, respecto de la vida religiosa de la población total, especialmente de la campesina, fue bien poco lo que lograron: la superstición cundió incontenida, como, en los países protestantes lo pone de manifiesto la cacería de brujas. Limitándonos a la reforma protestante podemos decir, con la clarividencia que da el pasar del tiempo, lo que Ozment afirma (pag. 215):
El protestantismo es una religión que ha ganado batallas, pero nunca la guerra.... La limitada atracción que ejerce el protestantismo, existencial e intelectualmente, no es difícil de explicar. La piedad tradicional católica y las creencias populares son sistemas religiosos mucho más viejos y ricos. Plausiblemente procuran un mayor compromiso emocional en sus adherentes. Acomodan mejor mejor la locura y la fragilidad humana que sus correlatos protestantes.... La fe protestante, comparativamente, ha parecido una religión demasiado simple y austera, el equivalente espiritual de una ducha fría[6].
No obstante, en sus inicios la Reforma arrebató a Roma casi la mitad de Europa, por lo que la Iglesia católica se aprestó, como ya he dicho, más que a una reformar a una Reconquista, con todas sus consecuencias.