Las Persecuciones.

La tolerancia religiosa que establecería el Edicto de Milán del año 313 acabaría con la discriminación contra las supersticiones (recuérdese que para la ley romana el cristianismo era una superstición). Este Edicto plantea varias cuestiones, imposibles de resolver por la carencia de datos: ¿por qué no toleraba el Imperio la religión cristiana, y sí toleraba los demás cultos?, ¿por qué algunos emperadores (Calígula, Nerón, Decio, Domiciano, Diocleciano) consideraron oportuno perseguir a la religión cristiana? ¿Por qué esta antipatía hacia el cristianismo comienza tan tarde (en el siglo II, cuando -según Tertulian o- los cristianos eran ya tantos como para destruir el Estado romano, si se hubieran decidido)?
Los cristianos fueron, a partir del siglo I, chivos expiatorios cuando desgracias generales herían a la sociedad romana, quizás por su impiedad, pues se negaban a sacrificar a los dioses; recuérdese que para los romanos la religión oficial era una fórmula propiciatoria para lograr superar las calamidades naturales, y que la colectividad cristiana, al ponerse al margen de la piedad oficial, se mostraba como una secta corrompida que impedía la protección divina. Además de esto eran incomprendidos y sus ceremonias y costumbres a menudo mal interpretadas: por la eucaristía eran acusados de canibalismo, y por la caridad fraterna (amarse los unos a los otros y llamarse hermanos) de promiscuidad. Pero todas estas suposiciones no parecen suficient es para explicar los estallidos de furia que, aunque esporádicos, turbaron a menudo la tolerancia que concedió usualmente Roma al culto cristiano; quizás la respuesta se halle en que, por obra de Orígenes, el cristianismo pasó de mera superstición, a filosofía, cuyos principios habrían sido contrarios al autocratismo teocrático que comenzaba a manifestarse en el Estado romano: fuere cual fuere el origen del anticristianismo, pronto perdió ímpetu, pues a partir del 250 comienza una fuerte opinión pública contraria a la persecución: el cristianismo se había difundido entre grandes estratos de población que se adhirieron a él, o al menos le brindaron su simpatía, por los sentimientos de solidaridad que despertaban sus obras de caridad, así como por el papel más activo, casi predominante, de las mujeres en las comunidades cristianas. Dos actitudes aparentemente aceptadas por la mayoría de la población, y que no hallaban tan fuerte expresión en las otras religiones