LAS REFORMAS PROTESTANTES. La Reforma Luterana.

Martín Lutero (1483-1546), profesor de teología en la Universidad de Wittemberg (cátedra que desempeñó hasta su muerte), clavó en las puertas de la iglesia del castillo sus 95 tesis, el 31 de octubre de 1517, atacando los abusos de la Iglesia de Roma en la venta de indulgencias, asunto en que estaban profunda (y fiscalmente) interesados los príncipes alemanes. Los príncipes vieron en esta coyuntura ocasión propicia para fortalecerse frente al Imperio, lo que implicaba fortalecerse frente a la Iglesia, creando iglesias nacionales que les permitirían mayor autonomía, tanto política como financiera y que, además, les permitiría "privatizar" las inmensas riquezas acumuladas por la Iglesia de Roma.
Estas circunstancias políticas favorables a la escisión de la Cristiandad Occidental no habían sido consideradas por Lutero y por ello su protesta tuvos consecuencias inesperadas, mayores de lo que él nunca había soñado.
El Emperador y el Papa tenían las manos atadas por la política internacional, pues de la lucha contra el imperio otomano pendía la supervivencia de Occidente, lo que les obligaba a lograr la cooperación de los príncipes cristianos. Fueron realmente los musulmanes los que hicieron posible la Reforma, pues de no haberse dado la circunstancia de esta amenaza, tanto Emperador como Papado habrían podido encarar más resueltamente el movimiento de reforma protestante, que era fundamentalmente de carácter político, no religioso, pues la mentalidad católica, -como Erasmo y Cisneros son testigos-, aceptaba lo que de positivo contenía el reformismo. Esa oportunidad de reformación, preservando la unidad cristiana, se perdió, pues pronto tanto católicos como protestantes polarizarían la opinión religiosa, haciendo desaparecer las áreas de consenso, que no volverían a ser percibidas sino cinco siglos después, en nuestros días. Antes de la polarización le había tomado al Papa tres años para decidirse a excomulgar a Lutero, tanto dudaba; este escenario de tolerancia o de incertidumbre sería posteriormente trocado por uno de odio que acabaría en la más sangrienta de las guerras entre príncipes cristianos conocidas hasta entonces, la de los Treinta Años, por nimiedades. Nimiedades en apariencia, porque detrás estaba una razón de estado poderosísima, una descarnada Realpolitik, la constitución del Estado Absolutista moderno y la derogación de la idea unitaria de Europa, ya se la propusiera como cesaro-papismo (por el Emperador) o como hierocracia (por el Pontífice romano).
El Emperador, para evitar la disgregación política, intenta lograr la paz religiosa mediante la intervención pública, por medio del órgano deliberante supremo del Imperio, la Dieta; acciones a las que el Papado se opone bajo cuerda, tanto para evitar la intromisión abierta de los príncipes en lo religioso, como el fortalecimiento del Emperador hasta un punto en que el Papa dejara de ser árbitro de la política europea.
La Dieta del Sacro Imperio Romano de Worms (1521) pide a Lutero la retractación, a lo que él se niega, con lo que por un edicto imperial se le condena, pero logra salvarse de las consecuencias gracias a que el Príncipe elector (miembro y decano de la Dieta) Felipe de Sajonia lo esconde, de incógnito, en su castillo de Wartburgo (Lutero aprovechará este lapso de reclusión para traducir al alemán el Nuevo Testamento, siendo por esto pionero de la lengua alemana). Una nueva Dieta, reunida en Speyer en 1526, para instaurar la paz religiosa en el Imperio, acordó que cada príncipe podría determinar la religión de su territorio (cuius regio, eius religio); en 1529 la Dieta, reunida también en Espira, derogó dicho principio y prohibió la difusión de la religión evangélica, por lo que los príncipes minoritarios, 6 en total, y 14 ciudades del Imperio, presentaron una protestación formal, afirmando que cada quien debía en cuestiones de religión seguir su conciencia. De ahí el nombre de protestantes con que se conoció a los seguidores de Lutero, Zwinglio y Calvino. La Iglesia anglicana aceptó la denominación hasta el siglo XVII, donde desde 1689 el rey jura defender la "religión protestante reformada establecida por ley": durante el período en estudio, los anglicanos no deberían ser considerados como protestantes, sino como formando parte de una reforma religiosa separada, un cisma (es decir, separada de Roma por cuestiones disciplinarias), más que una herejía (es decir, separada por cuestiones de dogma).
Las principales diferencias dogmáticas o de fe entre cristianos romanos y protestantes (esto no se refiere a los anglicanos) son: que los protestantes afirman la justificación por la sola fe, sin que las obras tengan virtud salvífica; la supremacía del Espíritu Santo en asuntos de fe, el cual se comunica al fiel directamente y sin intermediarios, inspirándolo cuando lee las Sagradas Escrituras (libre examen), las cuales son la única autoridad en asuntos de fe; el sacerdocio de todos los fieles; en cuestiones sacramentales, los protestantes niegan cinco de los siete sacramentos que afirma la Iglesia de Roma (y precisamente, confirmación, orden sacerdotal, matrimonio, penitencia y extremaunción) y conservan solo el bautismo y la eucaristía, respecto de la cual algunas iglesias protestantes aceptan la presencia real de Cristo y otras solo una presencia simbólica, por lo que la misa no sería la renovación del sacrificio de Cristo, sino su memorial.
Cabe a estas alturas considerar las vicisitudes de los hombres que llevaron a cabo la Reforma protestante.