PAGANOS Y CRISTIANOS.

¿Cuál era la opinión de los paganos respecto del cristianismo?
La evidencia histórica sugiere que la intelectualidad pagana, no sólo sus grandes pensadores, poseían un conocimiento filosófico y tecnológico complejo y avanzado, mayor que el del milenio siguiente, pues ciudades, población y producción de riqueza similares a los que hubo en la civilización mediterránea, no volverán a lograrse, después de sucumbir la civilización pagana, sino hasta el 1250, cuando la población europea alcanza nuevamente los 70 millones de habitantes, como en el 200 (cfr., Clough y Rapp, p. 65) ¡Roma no recuperar á el tamaño que tuvo en el Imperio, sino hasta bien entrado el siglo XX!
La concepción religiosa estuvo dominada por la filosófica, la que, entre los romanos al menos, era pragmática y conservadora, es decir, que aceptaba como verdad lo que diera buenos frutos, a posteriori, por su demostrada utilidad (pragmatismo), la cual era supuesta, salvo prueba en contrario, de las instituciones que permanecían (conservadurismo); no obstante, las experiencias debían analizarse racionalmente, conforme a lo que podríamos llamar el racionalismo griego, que había permeado la cultura romana.
Para esta concepción de las clases educadas, el cristianismo resultó un escándalo, pues rechazaba el análisis racional, y se adhería a la verdad por el sentimiento (fideísmo), además carecía de antecedentes que lo validaran. No podemos tener idea de la opinión de la mayoría de la población pagana respecto de los cristianos, durante los primeros doscientos años de la iglesia (50 al 250), pues los testimonios de que disponemos son escasos; en los siglos siguientes encontramos, sobre todo entre autores cristianos, referencias sobre algunas congregaciones cristianas primitivas, pero se trata de escritos parcializados, generalmente difamatorios: de la ortodoxia contra la heterodoxia, a la que le atribuyen toda clase de perversidades; los paganos se ocuparon muy poco del fenómeno cristiano inicial, pues era una subcultura, grupo que está dentro, pero sin formar parte de la sociedad a que pertenece.
El concepto de religión, por lo menos entre los romanos cultos, era el de una tecnología para que las fuerzas de la naturaleza trabajaran en provecho del devoto (muchos incluso practicaban la teúrgia, especie de magia religiosa), además de una dramatización, que lograba la cohesión social y unir criterios y voluntades, para alcanzar objetivos sociales. Las religiones ajenas a la propia, se consideraban supersticiones, las cuales eran aceptadas, respetadas y toleradas, si correspondían a la tradición de otro pueblo; por eso respetaban y toleraban la religión judía, aunque prohibiera el culto de los dioses romanos y del emperador, pues era la religión tradicional de los judíos. Su utilidad estaba validada por su permanencia, por su tradición: con el cristianismo no era así, pues no correspondía a la historia de ningún pueblo, sino que era una filosofía o una pura superstición, sin tradición ni pueblo que la respaldara.
En cuanto filosofía, los paganos cultos rechazaban el cristianismo, por su concepción providencial, principio inaceptable para ellos. Todavía menos aceptables los milagros: que la divinidad pudiera hacer un milagro, era una contradicción en los términos, algo impensable para el pagano culto, puesto que Dios no podía contradecir sus propias leyes, a las que, por dimanar de su sabiduría, estaba él mismo sujeto; que pudiera interesarse en los asuntos de los hombres, como para inmolar a su hijo unigénito por ellos, se les antojaba, como filósofos, otra más de las tantas dramatizaciones de las religiones usuales, para manipular el mundo y la sociedad, pero indigna de la contemplación del Dios auténtico, motor inmóvil al que sólo podía adorarse en espíritu, admirando su obra, pero en manera alguna ligarnos o religarnos a él ni hacer que se inmiscuyera en nuestros asuntos, menos todavía participar nosotros, personalmente, de su vida.
La superstición cristiana era, pues, para el pagano culto, grosera en extremo, pensamiento propio de gentes incultas, sin respaldo alguno tradicional y por lo tanto inútil socialmente. Por si esto fuera poco, los primeros cristianos, -que no estaban entrenados para razonar-, en lugar de convencer, pedían tener fe, es decir, renunciar a la razón y dejarse llevar sólo por el sentimiento, sin fundamento alguno.
Al pagano le impresionaban las obras de caridad cristianas: la asistencia a los enfermos, los pobres y las viudas y el que dieran digna sepultura a los muertos. La difusión de la iglesia primitiva fue posible por obra del espíritu de amor de los cristianos, no por su doctrina filosófica.
La primera opinión documental pagana sobre los cristianos es de Plinio el Joven (61-113), Gaius Plinius Caecilius Secundus, jurisconsulto, pretor y cónsul, quien dejó una colección de cartas privadas bellamente escritas, una de las cuales da algunas opiniones suyas sobre los cristianos del Ponto, una de las provincias puestas bajo su gobierno; está dirigida al emperador Trajano, informándole y pidiéndole consejo; tenemos también la respuesta del emperador, que Plinio el Joven publicó con su epistolario.
Plinio, probablemente por acusaciones presentadas contra los cristianos, investigó sus cultos y, aunque esperaba encontrar evidencia de crímenes, no encontró que hubiesen cometido ninguno, sino que los ritos cristianos eran innocuos, y que la culpa cristiana habría sido, cuando mucho, reunirse regularmente a primeras horas, antes del amanecer, en un día fijo, cantar antífonas en honor de Cristo, como si fuera un dios, y conjurarse para llevar a cabo buenas obras y cumplir sus promesas; después de la ceremonia volvían a reunirse para celebrar un ágape en que consumían comidas innocuas: se trataba de un culto extranjero, de una superstición. No sabiendo qué hacer, pide consejo al emperador, y pone en acto algunas medidas, mientras llega la respuesta, la cuales, -lo inferimos de la respuesta-, quizás tenían precedente.
Procedió a un juicio sumario (cognitio extra ordinem) y preguntó a los enjuiciados si eran cristianos, advirtiéndoles que de serlo serían ejecutados; la pregunta se repetía tres veces. Quienes decían serlo eran ejecutados, por el mero hecho de llamarse cristianos, que fue uno de los asuntos sometidos por el pretor al emperador: "(si) el mero nombre de Cristiano es punible, aunque sean inocentes de crimen, o si más bien son los crímenes asociados con el nombre" los que deben castigarse. Antes de recibir respuesta, procedió como si el crimen fuera profesar como cristiano. Pero, según escribió al emperador, el castigo no sería tanto por la profesión del nombre, sino por la "terquedad y obstinación", que equivaldrían a desafío, provocación e irrespeto a la magistratura romana, actos que no debían quedar impunes. En fin de cuentas, concluímos, se les castigó por obstinados (contumacia), sin parar mientes en si los ritos eran contrarios a la moral; también vislumbramos que la eucaristía era mal interpretada, quizás, como un rito canibalístico, pues en su carta al emperador, Plinio refiere que los cristianos no ingieren en sus ágapes comidas dañinas.
De este episodio podemos concluir que, en los inicios del siglo II, es poco lo que un pagano culto, un pretor provincial, uno de los más altos empleados del servicio civil romano, conocía de los cristianos, pero que ellos eran malqueridos por la población, pues los acusaban, y también eran despreciados por la burocracia romana, por contumaces. Hubo algo más, porque como buen burócrata, puesto a juzgar, no tenía por qué confiar en quienes renegaran, para creerles, ¿cómo saber si decían la verdad los que decían ser paganos? El método seguido nos indica un cierto conocimiento, más a fondo, del modo de ser cristiano: se les pidió ofrendar a las estatuas de los dioses capitolinos, Júpiter, Juno y Minerva y a la del emperador, repitiendo una fórmula de invocación a los dioses, hacer una ofrenda de vino e incienso a la estatua de Trajano y ultrajar el nombre de Cristo.
Al negarse los cristianos a adorar a los dioses y al emperador, ponían de manifiesto su ateísmo, por lo que merecían ser castigados. Este es un aspecto que debe enfatizarse, pues hoy en día nos parece inverosímil: los paganos, y en esto cabe suponer que tanto los cultos como el común de las gentes, ¡consideraban ateos a los cristianos!.
A pesar de tanta intolerancia pagana, la respuesta del emperador Trajano fue ponderada:
"No debe darse cacería a estas personas; si las llevan ante tu autoridad y el cargo les es probado, deben ser castigadas, pero cualquier a que niegue ser cristiano y lo pruebe orando a nuestros dioses, debe ser perdonado como resultado de su arrepentimiento, por mucho que haga dudar su conducta anterior. En ninguna acusación se deben considerar panfletos circulados en forma anónima" (Epístola, 10.97)
La intolerancia religiosa del mundo grecorromano hacia el cristianismo derivaba de su propia religiosidad; posteriormente los cristianos, gracias a la "mala prensa" de Agustín de Hipona, cuyos escritos fueron el best seller absoluto durante por lo menos siete siglos en Occidente, lograron vestir de irreligiosidad al paganismo: gracias a los argumentos de su La Ciudad de Dios Contra los Paganos, los cristianos llegaron a creerse religiosos y supersticiosos a los paganos. Exactamen te lo mismo creían los paganos del siglo II respecto de los cristianos.
Agustín presentó a la religión pagana como una mera ficción, para manipular la sociedad, como un "opio del pueblo", aunque no lo dijera con esas palabras, argumentando que los paganos cultos no creían los mitos de su religión. Este argumento prueba tanto que no prueba nada, pues nos llevaría a un absurdo sociológico, una sociedad sin religión.
La religión es un producto natural de la cultura humana, es la tesis de Fustel de Coulanges en su La Ciudad Antigua y sus palabras son la mejor refutación a la falsa argumentación agustiniana, quien, pretendiendo probar la rectitud cristiana, falseaba la rectitud humana, por exceso de celo argumentativo. Mejor seguir a de Coulanges y comprobar que
"Tendríamos una idea falseada de la naturaleza humana si creyéramos que la religión antigua era una impostura y, por así decirlo, una comedia. Montesquieu pretende que los romanos instituyeron sus devociones sólo para tener a raya al pueblo. Ninguna religión ha tenido jamás tal origen; y las religiones que han llegado a sostenerse sólo en motivos de utilidad pública, han tenido corta vida" (Wilken, p. 64)
A inicios del siglo II tenemos algunos indicios, muy pocos, en frases de Tácito y Suetonio, que ilustran sobre el desdén a los cristianos, siempre en razón de la irreligiosidad cristiana y en la convicción de la profunda religiosidad pagana, más todavía romana, pues los romanos no sólo se consideraban religiosos, sino especialmente religiosos, más que los otros pueblos (véase a este respecto "La naturaleza de los dioses" de Cicerón). Esta religiosidad se conocía como pietas entre los romanos, eusebeia entre los griegos, y estaba ligada profundamente a la vida civil, en vez de rehuírla; los cristianos, llegada su hora, -cuando el cristianismo sea supremo-, también convertirán la religión cristiana en una religión cívica, tanto o más que la pagana; ya a mediados del siglo II, Justino mártir, un apologista cristiano, afirmará que los cristianos "cultivamos la piedad, la justicia, la filantropía, la fe y la esperanza ", pasaje digno de un Séneca.
La religión grecorromana tenía dos pilares, la pietas y la providentia deorum, la primera era la religión tradicional, gracias a cuya observancia se lograba la benéfica intervención de los dioses para la prosperidad pública y privada. El pagano no hablaba de "creer en los dioses", sino de "tener dioses", se tenían dioses en la misma manera que se tenían leyes y costumbres... y por eso la pretensión cristiana de que esos dioses fueran falsos, era tanto como despreciar las leyes y costumbres, un acto sedicioso que los hacía "enemigos de la humanidad ".
El pagano, en asuntos filosóficos acudía al razonamiento, pero en los religiosos a la tradición (de la que carecían los cristianos primitivos), a las prácticas establecidas, guardadas por los sacerdotes; el romano desconfiaba de las nuevas religiones, aunque las toleraba si eran de otros pueblos, así como toleraba leyes y costumbres ajenas, sin por ello estimar que valieran tanto como las romanas. Los cristianos eran contestarios de todo esto y naturalmente fueron vistos como hoy veríamos a quienes despreciaran nuestras costumbres, constitución, leyes, bandera e himno nacional, gentes que, sin fundamento alguno, eran desleales y desobedientes de las tradiciones, malos ciudadanos.
Por si esta conducta incivil fuera poco, la burocracia imperial veía con desconfianza las asociaciones que, para mutuo auxilio, creaba doquiera la religión cristiana. El auxilio a los desamparados, viudas, enfermos, sepultura a los muertos, fue desde el inicio la tónica de la cultura cristiana, máxime que el cristianismo era una religión de proletarios, de los pobres, que en la iglesias encontraban una forma de asistencia pública, de que carecía la sociedad grecorromana. Pero estas instituciones eran sospechosas para el Imperio, porque toda asociación era una posible fuente de rebeldía, una organización que podía, llegada la ocasión, oponerse a las políticas imperiales, un pluripartidismo intolerable en el monolito imperial. Aunque no debemos exagerar y creer que el Imperio estuviera interesado en hostigar a los cristianos, muchas de las molestias cotidianas provenían del temor a que las iglesias fueran clubes políticos (hetaeriae). La desconfianza imperial hacia los organismos protopolíticos era tal que para fundarlos se requería autorización previa; los collegia (gremios y asociaciones económicas), las sociedades funerarias y las mismas sociedades religiosas, requerían de una "licencia" para constituirse, las cuales solían contener estipulaciones de esta tónica:
"Se les permite reunirse y mantener una sociedad; quienes deseen efectuar contribuciones funerarias mensuales podrán pertenecer a dicha sociedad, pero sin que puedan reunirse más de una vez al mes para efectuar contribuciones y proveer funerales para los difuntos" (Wilken, p. 37).
Quien de primero tomó en serio al cristianismo, como escuela filosófica, fue Galeno de Pérgamo (129-199), el gran médico filósofo griego, que comentó sobre el cristianismo en los mismos términos que sobre las demás escuelas filosóficas de entonces, movido a ello no por las capacidades retóricas o intelectuales de los cristianos al exponer sus creencias, sino porque el cristianismo lograba que sus adeptos vivieran una vida virtuosa. Para la difusión del cristianismo, por lo menos en los estratos educados de la sociedad pagana, el que Galeno lo conceptuara una "escuela" filosófica, debe haber significado mucho, pues le dió respetabilidad. Poco a poco, los mismos cristianos, gracias a la aceptación que les daba el ser considerados como "escuela", perderán su aversión por la filosofía, y hasta se aventurarán a presentar su religión como tal: a mediados del siglo II, por ejemplo, Melito, obispo de Sardis en Asia Menor, habla del cristianismo como "nuestra filosofía" y Justino mártir relatará su conversión al cristianismo como una conversión a la filosofía.
La concepción judeo-cristiana de Dios es inaceptable para Galeno, así como para los paganos cultos de su tiempo, pues el Dios de Israel es un dios antojadizo, que hizo las cosas como las hizo, pero podría haberlas hecho de cualquier otra manera. Esto no correspondía con el dios de los filósofos paganos del neoplatonismo[1], para quienes lo que existe, existe por ser lo único que podría existir: Dios está sujeto a las leyes que él mismo ha creado, porque son las únicas racionales. La concepción imperante, respecto de la creación, entre los paganos era la que Platón expone en Timeo: la materia primigenia existe y Dios a partir de ella crea el mundo. Esto era también lo aceptado por los filósofos judíos (Filon en particular) y también, aparentemente, por los pocos cristianos que se cuestionaron al respecto (fue, por ejemplo, la opinión de Justino mártir).
Los cristianos, poco después de la época de Galeno, adoptarán definitivamente la creatio ex nihilo es decir, la creación a partir de la nada, donde no existiría una materia informe coeterna con Dios, sino que él sería el único eterno, y además trascendente del universo. Esta concepción, repito, era inaceptable para la filosofía griega y para la neoplatónica, por cuanto para ellos "nada puede provenir de lo que no exista" (Aristóteles) y "la fuente de lo que llega a ser no es lo que no existe, sino... lo que no existe en condición buena y suficiente" (Plutarco).
La situación comenzaba a cambiar, y los cristianos empezaban a plantearse temas filosóficos, con lo cual la iglesia comenzará a ser afín con el pensamiento imperante, aceptando analizar cuestiones que antes ni siquiera se planteaba, y al hacerlo alcanzó una posición propia. En el caso concreto de la trascendencia de Dios y la creación del universo de la nada, ya a mediados del siglo II aceptaba la doctrina del teólogo gnóstico (Basilides), recogida por el obispo de Antioquía, Teófilo, según la cual el poder de Dios se revela en que puede crear lo que desee, de la nada (ex ouk onton): uno de los primeros símbolos de la fe ya incluía una referencia a Dios como omnipotente, en una obra impreganda de gnosticismo escrita entre el 150 y el 180 (Testamentum in Galilea D.N.I. Christi, Denzinger, 1, p. 3); el Concilio de Toledo (400 y 447) estableció expresamente el principio de la creación a partir de la nada (Denzinger, 19 y 21, pp .10 y 11).
El siguiente perfil de la cristiandad primitiva, por el pincel de un pagano culto, nos lo brinda el filósofo griego Celso, que alrededor del 170 escribe un libro dedicado enteramente al cristianismo, del cual es conocedor profundo; este libro, denominado La Verdadera Doctrina, ha sido reconstruido, casi enteramente, gracias a los textos que reprodujo Orígenes, para refutarlos, en su Contra Celsum. Lo conocemos, pues, en detalle y nos permite saber lo que un pagano culto pensaba del cristianismo en la segunda mitad del siglo II. Celso fue un formidable polemista, contestatario de la fe cristiana. Como repitió algunos de los argumentos de Plinio, es de creer que entre las clases educadas era común considerar al cristianismo como una superstitio y que sólo una minoría la consideraba, como lo había hecho Galeno, una escuela filosófica; todos parecían contestes en estimar exagerada la credulidad cristiana, y necedad la pretensión cristiana de que la fe fuera suficiente, rehusando los argumentos racionales.
Celso presentó a Jesús como un mago, (la magia era un crimen en el Imperio), acusando a los textos sagrados cristianos de contener fórmulas mágicas y al apostolado cristiano de basarse en magia, convencer mediante milagros en lugar de mediante razones. No discutía los poderes taumatúrgicos que los cristianos atribuían a Jesús, sino que se planteó de dónde provenían. Por otra parte, Celso, como buen conocedor de la religión cristiana, acusó al cristianismo de ser una apostasía judaica, que había perdido su validez al separarse de su origen, la ley judía, y se preguntaba: ¿cuándo repudió su Ley el Señor de Israel, cambiando de opinión y estableciendo un nuevo testamento?; ¿podía Dios ser mudable como para cambiar de opinión respecto de su ley?, ¿qué clase de Dios es ése de los cristianos? Criticó la doctrina de la Encarnación, considerando imposible que Dios, inmutable y espíritu como es, pudiera mudar y convertirse en hombre, lo que le llevó a concluir que los cristianos hablaban de Dios como charlatanes, impíamente y con impureza, de manera que sólo los ignorantes en cuestiones teológicas y filosóficas podrían seguir esas doctrinas. Igualmente reprochaba a los cristianos su creencia en la resurreción.
Los cristianos, además, dijo, repetiendo el argumento de otros paganos al respecto, creen a su Dios omnipotente, ignorando que Dios no puede estar sobre y más allá de la naturaleza, sino que está, por haberla creado él mismo, sujeto al orden natural.
La creencia en un Cristo divinizado, según Celso, degradaba el concepto de Dios, pues Cristo era casi igual a Dios, con lo que no tenían reverencia de la divinidad, sino sólo exaltación al fundador de su religión, aunque para ello mancillaran a Dios; este argumento fue muy eficaz, tanto que los cristianos, Orígenes nos lo muestra en su Contra Celsus, deben responder que ellos no creen que el Hijo sea más poderoso que el Padre, sino inferior a él. Que la veneración a Jesús fuera impía, en tanto que piadosa la que se hace a los dioses paganos, resultaba de que el pagano no creía que sus dioses fueran comparables al Dios Supremo, y por lo tanto, al venerarlos, no le hacían ofensa, sino que lo glorificaban (algo semejante a nuestra doctrina del culto a los santos); pero la devoción cristiana a Jesús, según los paganos, comprometía el monoteísmo: se adelantó Celso con estas conclusiones casi ciento cincuenta años al desarrollo de la teología cristiana, que en el Concilio de Nicea (325) declararía que Cristo es de la misma sustancia (homoousicos) que Dios. Celso pretendía que la vida de Jesús era una patraña, y todavía en el siglo V los pensadores cristianos enfrentaban estas cuestiones, a las que tantos afanes dedicó Agustín (en su Armonía de los Evangelios), argumentación que continúa hasta nuestros días.
Finalmente, Celso atacó a los cristianos por su rebeldía contra el orden social, por negarse a participar en la vida pública y civil de las ciudades del Imperio, creando así un movimiento con sus propias leyes y normas de conducta, un Estado dentro del Estado, como diríamos hoy en día que, negándose a colaborar con el orden establecido, lo subvertía; igualmente en lo religioso, pues la religión cristiana era un punto de vista de su fundador y seguidores, no una tradición social, era sectaria y como tal privatizaba la religión, la hacía una cuestión personal e individual, en lugar de costumbre sancionada por una larga tradición, que garantizaba su conveniencia, como profesaban los paganos.
El último polemista pagano de este período es Porfirio (232 ó 233 a 304), ilustre filósofo, nacido en Tiro, editor de Las Eneadas de Plotino, del que fue discípulo. Sus ataques deben de haber sido duros, porque contra ellos hay muchas refutaciones cristianas; desgraciadamente su obra Contra los Cristianos fue varias veces condenada a la hoguera y no ha llegado hasta nosotros, ni ha sido posible reconstruirla, como en el caso de Celso, por las citas que de ella hicieran sus opositores. Probablemente sus argumentos fueron los mismos de Celso, con un énfasis mayor en el argumento del abandono del culto de Dios, por el de Cristo, si su Filosofía de los Oráculos, un libro de religión comparativa, fuera representativo de su Contra los Cristianos.
Resumiendo, para los paganos el cristianismo no era una religión, sino una secta, pues no tenía tradición que la validara; fideísta, pues no era racional; atea, pues adoraba a un hombre divinizado en lugar de al Dios motor inmóvil del universo; su concepto de la divinidad era el de un Dios caprichoso, omnipotente, es decir irracional y sin sujeción a ninguna regla, capaz de mudar y llegar hasta a encarnarse, sin que se percataran de que con ello envilecían a Dios; además los cristianos eran sediciosos y alienados de la vida civil, pretendiendo cumplir sus obligaciones ciudadanas a su manera y no conforme a las costumbres establecidas. Por todo esto eran "enemigos de la humanidad " y no merecían gozar libertad de culto, sino que, dado el caso, debían ser castigados.
A pesar de todo, el cristianismo, poco a poco, gracias a la vida piadosa de sus seguidores y a su permanencia secular como religión, fue respetable: en lugar de ser considerado creencia de esclavos y libertos, de impíos, ateos, crédulos, charlatanes e ignorantes, comienza a ser tomado en serio y a analizarse como una escuela filosófica, como un punto de vista racional, lo que, en el desarrollo posterior de la religión cristiana, le permitiría convertir a la élite educada del Imperio, para llegar a ser la religión oficial, desplazando al paganismo.