VALORACIÓN DE LA REFORMA. Diferencias entre católicos y protestantes.

Diferencias entre católicos y protestantes ]" align=absMiddle src="file:///C:/Documents%20and%20Settings/Administrador/Escritorio/RELIGIÓN/CRISTO/H/HISTORIA%20DE%20LA%20IGLESIA.%20ALBERTO%20DI%20MARE/Una%20crónica%20de%20la%20cristiandad%20La%20Reforma_archivos/index.gif">
Se hace mucho énfasis en que la reforma protestante significó la liberación del espíritu humano, gracias al libre examen y a la lectura directa de las Sagradas Escrituras, como fuente única de fe, en lugar de estar los fieles dependientes de la predicación de una organización hierática establecida: el imperio de la conciencia individual, en lugar del imperio del "Establishment". Así fue efectivamente, pero esta verdad no es tan general, sino que debe ser tomada con cuidado, con salvedades importantes.
La liberación del espíritu humano debida a la reforma es evidente, y el mundo moderno tiene en ella su matriz, pero esto fue verdad para los hombres cultos, para los humanistas, para una élite, para los demás no tanto. Sin embargo esta adquirida dimensión del espíritu paulatinamente se difundiría por todas las capas de la sociedad. ¿Por qué esto no era posible desde el comienzo?
Porque la hipótesis protestante de libre examen, o inspiración del Espíritu al leer las Escrituras, hasta cierto punto implica que uno posee buena formación en griego koiné y en hebreo sin excluir el arameo, que son las lenguas en que los textos sagrados están escritos. Porque no es posible que estén igualmente inspiradas las traducciones de Juan de los Palotes, de Nácar Colunga, del rey Jaime, la de Jerusalén o la de Jiménez de Cisneros. Y las diferencias suelen ser importantes: luego para tener recta inspiración habrá que ir al texto original, si es que existe. Este tecnicismo hace que en fin de cuentas las iglesias protestantes acaben con una modalidad de instrucción que poco difiere de la católica, es decir, por medio de predicadores educados en cosas sagradas, y dejando de lado, en la práctica, el libre examen, todo lo contrario, estableciendo regímenes de policía y control social quizás más opresivos que los católicos.
¿Cuánta adhesión obtuvo la reforma protestante? A la muerte de Lutero (1546) el culto por él reformado era seguido en Sajonia, Brandenburgo, Prusia, Dinamarca, Suecia, parte de Westfalia, y eran de confesión luterana y católica Silesia, Polonia en la región de Dantzig, Mecklenburgo, Friesland, y Salzburgo; de confesión luterana y husita Moravia. La iglesia reformada (calvinismo) a la muerte de Lutero imperaba en Ginebra, otros cantones suizos, siendo católicos y reformados el resto de los cantones. En Bohemia seguían la confesión Husita. El resto de Europa se mantenía en la fe católica, y en Inglaterra seguían la reforma anglicana. Tres estilos políticos se perfilarán: una iglesia sierva del Estado en los países luteranos, un Estado vasallo de la Iglesia en los países calvinistas y una iglesia con pretensiones hierocráticas, pero efectivamente sujeta al Estado, en los países católicos.
Cuando, en las décadas siguientes, lleguen a estar establecidas definitivamente Reforma y Contrarreforma, resultará que ni la una ni la otra lograron la reforma de la iglesia cristiana que pretendían, no fue posible volver a la iglesia primitiva: las fuerzas conservadoras, tanto en la Reforma como en la Contrarreforma, prevalecieron, sin que ni una ni otra lograran el renacimiento del espíritu cristiano, que quedaría para el futuro; para nuestros días, según mi modo de ver las cosas.
Estas críticas no implican que las reformas, protestante y católica, no hayan sido un hito en el desarrollo del Cristianismo, pues, ¿qué habría sido del Cristianismo de no haber habido Reforma? Ciertamente, esto es obra de futurología y nada garantiza que puedan ser juicios certeros, pero sí respaldados por una cierta intuición intelectual, capaz de producir una certeza moral.
De no ser por la reforma pretridentina, la católica y la protestante, quizás el Cristianismo habría acabado, como ha sido el sino de otros cultos, en una religión puramente litúrgica, celebrada en un idioma ininteligible para los feligreses; todo esto habría, sin duda, terminado en una religión esotérica, de sacerdotes y elegidos, que habría acabado con toda la vitalidad de la religión cristiana, como religión de todos, no de la casta sacerdotal. Por ese camino del esoterismo llevaban a la religión cristiana materia y espíritu: tanto los intereses económicos que mediatizaban la religión medioeval al mundo, como el complejísimo desenvolvimiento filosófico, que mediatizaba, desde el espíritu, la fe a la filosofía.
Por ello podemos concluir que aunque las reformas pretridentinas, la protestante y la católica, fracasaron, salvaron al Cristianismo, que habría desaparecido de no ser por ellas.
La reformación buscaba acabar con las lacras de corrupción que se habían adherido al cristianismo en sus vicisitudes históricas, y en esto todos eran contestes, y podemos decir que tanto católicos como protestantes lo lograron; en efecto, la vida espiritual después de la Reforma y la Contrarreforma es más intensamente cristiana que en los siglos anteriores y el cristianismo, como forma de vida, se acerca mucho más a la Iglesia primitiva a partir del Siglo XVI y hasta nuestros días, y no solo para los educados o los santos, sino también para todo el pueblo minuto: Reforma y Contrarreforma, en esto, alcanzaron un triunfo definitivo, pero no así en lo que se refiere a la liberación del espíritu del hombre.
La Iglesia de Roma, había terminado mediatizada por una burocracia de canonistas y teólogos que habían convertido la religión en ciencia y que pretendían que la religión en todo tenía que ver y sobre todo presidia, incluso sobre los movimientos planetarios. La religión se vio, en su afán de domeñar y dominar sobre todo, permeada y condicionada por todo lo que nada tenía que ver con ella. Un ejemplo puede mejor aclarar, la discusión de la eucaristía, tema candente en las escisiones entre cristianos de esta época. El dogma romano obliga a que, para tratar de entender este misterio, uno deba apegarse a una filosofía, y a una filosofía pagana, en particular: a la metafísica aristotélica de la substancia, en la forma en que fue entendida y modificada por los escolásticos (quienes centraron su reflexión sobre la diferencia entre esencia y accidentes), y plantearse cómo mudada que ella fuera los accidentes serían sostenidos (por así decir) por la cantidad o extensión, por manera que lo que nuestros sentidos perciben ya no corresponde a la cosa en sí. De repente, por virtud de estas adherencias espurias Cristo es transformado de salvador, en maestro de metafísica, de física, de sociología, etc., etc.
La Reforma reaccionó vigorosamente contra esto y rechazó todas estas adherencias y excrecencias, considerando que el mensaje de Dios al hombre no presuponía ninguna de estas cosas:
...uno de los principios fundamentales de la Reforma, el principio de que Dios no se revela sino en lo que concierne a nuestra salvación[6].
Este programa, no obstante el establecimiento de ese principio fundamental, no fue llevado a cabo por los protestantes, menos por los católicos, y ambos habrían de caer nuevamente en la aberración de sistematizar la religión, sin tener entereza suficiente para rechazar la tentación de hacer de la religión una ciencia (es decir, teoligizar), error en al que más fuertemente se vería arrastrada Roma, pues la Contrarreforma sería primordialmente, en lo propiamente religioso, la reafirmación de la religión como sistema intelectual y precisamente el Concilio de Trento y los cuatro siglos siguientes de vida religiosa, hasta nuestros días, en eso habrían de consistir... ¡así de arrasadora habría de resultar la crítica del paganismo a nuestra religión, como carente de filosofía!, ¡quedaríamos, por ella, incapacitados para concebir la religión, si no la concebíamos como filosofía!, con el magro consuelo de que nuestra religión resplandecería como una complexio oppositorum, como un complejo de cosas opuestas, que sería resplandor del mundo, de que se vanagloria Karl Adam en su "La Esencia del Cristianismo". Se había caído en la trampa del sincretismo, en una (¿pecaminosa?) complacencia en adaptar la fe a las normas culturales prevalecientes, aunque para ello hubiera de perderse la integridad cristiana.
Ni el Concilio de Trento, ni el desarrollo posterior del protestantimo, lograrían resucitar el espíritu original de nuestra fe. Pero eso es materia de otro capítulo.