Vicisitudes de la Iglesia Oriental.

A menudo se ha afirmado que nuestra mente es hablada por el idioma en que piensa, en lugar de hablarlo, y algo de profundo y verdadero hay en esto. El griego es riquísimo en sutilezas, muy apto para la filosofía, y casi toda la antigua está en esta lengua; el latín es de gran claridad y precisión, extraordinariamente bien dotado para establecer normas, para el derecho y casi todo el derecho de la antigüedad es ciertamente romano, latino, o al menos escrito en esa lengua. En lo que a la religión cristiana se refiere, el latín fue lengua de canonistas, del derecho religioso, mientras el griego fue el idioma teológico, en primer lugar porque fue en esa lengua que se escribieron los libros del Nuevo Testamento, y en esa lengua fueron conocidos por los cristianos los del Antiguo Testamento (traducción de los Septuaginta); además la literatura teológica en latín no era importante y fue tardía, con la excepción de Tertuliano (160-220), en latín escriben los Padres Postnicenos de mediados del siglo IV y principios del siglo V (Ambrosio de Milán, Jerónimo, Agustín de Hipona, Boecio y Gregorio Magno, papa); además, a la iglesia griega, los ideales latinos de claridad, concisión y sencillez en el lenguaje, les parecieron una opción apenas aceptable, de segunda clase, que en modo alguno debía asimilarse ni predominar: un lenguaje de tinterillos, no de teólogos; y como eso, como tinterillos, como canonistas, como teólogos palurdos, tuvieron siempre a los latinos, en tanto que ellos eran lo correcto, la regla, el deber ser. Mucha razón les iba en esto.
Los cristianos usaron inicialmente el griego porque era la lingua franca de la civilización mediterránea, hablada tanto por el populacho como por las clases educadas. El cristianismo fue así helenizado y permeado por el pensamiento filosófico, máxime que Pablo era helenizante y el suyo fue el pensamiento primordial. La historia tenía además reservado un puesto especial para Constantinopla que, contrariamente a lo sucedido a Roma, no se vería sometida a invasiones bárbaras que diluyeran o transformaran, barbarizándola, la cultura lograda por el Imperio, la cual continuó su desarrollo y maduración en forma ininterrumpida hasta el 1453 en que por primera vez es invadida por los bárbaros.
Esto resultó en que una parte del Imperio fue culturalmente más avanzado, en tanto que la parte latina estuvo retrasada, sumida en las edades oscuras, de las que no comenzará a resurgir sino en el siglo XII. Mientras tanto en Bizancio continuaba el esplendor de la cultura greco-latino-bizantina: difícilmente podían estos refinados constantinopolitanos conceder primacía a la religión romana, la de los palurdos latinos.
En lo que se refiere a los conceptos propiamente religiosos, en Occidente hubo una confusión, una conmixtión, del abogado y el sacerdote, pues los bárbaros utilizaron a los clérigos como servicio civil, como letrados, con lo que la clerecía adquirió la "forma mentis" propia del jurista, y la religiosidad latina fue asimilando formas excesivamente formalistas, racionalistas y congruentes. Esto no sucedió en Oriente, donde nunca hubo una crisis del Estado y por lo tanto los sacerdotes no tuvieron que asumir funciones burocráticas; la religión cristiana no sufrió del leguleyismo de la romana, sino que fue más libre, menos dogmática: la religión oriental tiene definidas muchas menos cuestiones de fe que la romana (con esto no se quiere decir que no crean las mismas cosas, sino que no se toman la molestia de definirlas, porque no tienen la pasión legalista de la Iglesia de Roma). La injerencia eclesiástica en cuestiones civiles fue mucho menor en la Iglesia ortodoxa: por ejemplo, el derecho de familia es civil en Oriente hasta el año 1000, en que se le concede a la iglesia alguna jurisdicción en lo familiar, sobre todo en asuntos de divorcio. Además en Oriente la teología fue un estudio abierto a todos, laicos y clérigos, pues en Bizancio los laicos eran un estrato educado de la población: no sucedía lo mismo en Occidente, donde solo los clérigos tuvieron, prácticamente, acceso a la educación antes del siglo XII. La religiosidad bizantina abarcó todos los segmentos de la sociedad, fue una opinión pública religiosa nacional, no así entre los latinos donde las cuestiones religiosas (y las culturales) fueron cosa de clérigos y no de toda la sociedad. Los profesionales, los servidores del servicio civil, los laicos todos eran educados en Oriente y tenían una fuerte opinión religiosa, por lo que todos los estamentos culturales contribuyeron a formarla, no únicamente monjes y monasterios, como en Occidente. Podríamos decir que en Bizancio la devotio moderna existió siempre, sin que fuera un movimiento de renacimiento religioso, como en la latinidad.
El trabajo pastoral estuvo en Oriente encomendado a párrocos, usualmente vecinos casados, -no a célibes (o pretendidamente tales)-, respaldados por monjes, quienes estaban ligados por triple voto, -castidad, pobreza y obediencia-, pero que ordinariamente no vivían rigurosamente enclaustrados, sino dedicados a la cura de almas, especialmente como confesores; los obispos y el alto clero eran célibes y electos normalmente entre monjes, sin que fuera inusual consagrar a laicos ilustrados quienes, si estaban casados, se separaban de su esposa, que entraba en un convento, y ambos daban voto de castidad para accedera la dignidad eclesiástica. La regla monástica fundamental fue la de San Basilio, la cual regulaba pocas cosas, por lo que el monasticismo fue más libre, diverso y espontáneo que en Occidente; además los monjes no pertenecían a órdenes monásticas, a comunidades monásticas (benedictinos, franciscanos, dominicos, etc.) como en la latinidad: cada monasterio era independiente, conforme a su propia carta constitutiva, dentro de la normativa basiliana de vida en común, obediencia a un abad electo por los mismos monjes y dedicación a una vida de trabajo manual y de oración, con obligación de pobreza personal; era común entre los orientales terminar la vejez en un monasterio, sin necesidad de profesar como monjes pero llevando vida relativamente enclaustrada, esto también se dio en Occidente (recuérdense los casos de Carlos V y de Felipe II), pero fue más difundido en Oriente.
El obispo oriental no tuvo la grande autonomía que en Occidente, sino que lo religioso estuvo allá fuertemente centralizado, por depender en última instancia del Imperio, tanto que el Patriarcado más daría la impresión de un Ministerio de Asuntos Religiosos de la corona, que de institución autónomamente eclesiástica. Con todo, la vida de la Iglesia fue bastante independiente en virtud de la mencionada fuerte opinión pública en cuestiones religiosas (jefeada por los monjes) que no dejaba mucho margen de manipulación a la autoridad civil mientras esta fue cristiana; cuando cayó Bizancio en manos otomanas (1453), la libertad religiosa, inicialmente tolerada, poco a poco fue restringida, situación que se dio igualmente, por diversas razones, en el resto de las iglesias ortodoxas (Rusia, Bulgaria, Rumanía, etc.). En general, los monjes fueron contestatarios tanto de la jerarquía, a la que tildaban de centralista, como del Imperio, que creían utilizaba lo religioso para fines políticos, y de la Iglesia de Roma, por su supuesto afán de hacer imperar la latinidad en Oriente.
A partir del siglo XIV, conforme decaía la Iglesia oriental, siguiendo la suerte del Imperio, Roma, que estaba en ascenso tanto secular como religioso, fue adquiriendo mayor prestigio en Oriente y esto produjo múltiples iniciativas de reconciliación, con nuestra Iglesia, ahora adornada con teólogos sabios y letrados y ya atenuado el rencor suscitado por la malhadada invasión y saqueo de Constantinopla por los cruzados (1204); pero todos los intentos de reunificación fracasaron por la oposición de los monjes orientales.
Conforme el Imperio de Oriente se empequeñecía la Iglesia ortodoxa fue perdiendo recursos, pues muchas de sus propiedades estuvieron en las zonas conquistadas por la expansión otomana; esto la empobreció e hizo más difícil que los monjes pudieran continuar una vida de intenso estudio, lo que llevó a un retroceso de la vida cultural de los religiosos; a la caída del Imperio los conquistadores fueron inicialmente tolerantes, pero no tanto como para adelantar los intereses económicos de la Iglesia, todo lo contrario, la sujetaron a tributos como contraprestación y justificante de la tolerancia. Esto empeoró las cosas e hizo que poco a poco cayera en postración mayor, y desde entonces, comparativamente, las iglesias cristianas occidentales (tanto las católicas como las reformadas) brillarían con mayor fulgor.
Fuera de Constantinopla, entre los búlgaros, los rumanos, los rusos, etc. países en que no había una opinión pública religiosa educada, en cuanto se atenuaron las luces del Patriarcado Constantinopolitano, cayeron las iglesias bajo la férula del poder civil, desde entonces y hasta nuestros días.